Las puertas del ascensor se cerraron con ese chasquido suave, siempre el mismo. La luz neon parpadeaba un poco, como nerviosa. Estaba sola, bajando del supermercado con las bolsas. De repente, ‘¡Ey, espera!’, un grito desde el pasillo. Se abrieron otra vez y ahí estaba él, mi vecino del quinto, Javier. Dos años sin verlo. Alto, con esa barba descuidada que me ponía. ‘¡Cuánto tiempo!’, dijo sonriendo, metiéndose rápido. El ascensor olía a su colonia, mixta con sudor fresco del gimnasio.

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Nos miramos en el espejo. ‘¿Qué tal?’, balbuceé, sintiendo el calor subir. Él se acercó un poco, ‘Bien, acabo de mudarme de nuevo aquí. ¿Y tú?’. Sus ojos bajaron a mis tetas, bajo la camiseta ajustada. El ascensor zumbaba, subiendo lento. Tres pisos más. Mi coño se mojó solo con su voz ronca. Recordaba esa noche hace años, besos robados en la escalera. ‘Me mandaste un mensaje el otro día, ¿no?’, mentí un poco, para romper el hielo. Él rio, ‘Sí, vi tu luz en el balcón. Pensé en ti’. Sus dedos rozaron mi brazo al ajustar la bolsa. El aire se espesó. Ding, quinto piso. No salí. Él tampoco. ‘Sube a casa, un café’, susurré, la voz temblando.

La tensión sube en el ascensor compartido

Entramos en mi piso, la puerta se cerró con un clic seco. Luz filtrándose por las persianas, rayas doradas en el suelo. ‘¿Azúcar?’, pregunté, sirviendo tazas en la mesa baja. Se sentó en el sofá, piernas abiertas. Yo en el suelo, cruzada de piernas, short corto subiendo. Su mirada quemaba. ‘Estás igual de buena’, soltó directo. Me reí nerviosa, ‘Tú también… ¿Tienes a alguien?’. ‘Nah, soltero. ¿Y tú?’. Me acerqué, rodilla tocando su muslo. ‘Libre para esto’. Sus ojos se oscurecieron. La tensión explotó. Me incliné, labios a centímetros. ‘Joder, Javier…’. Me besó fuerte, lengua invadiendo, manos en mi nuca.

Caímos al suelo, alfombra áspera en la espalda. Rasgó mi camiseta, tetas al aire. ‘Qué pezones duros’, gruñó, chupando uno, mordiendo suave. Gemí alto, mierda, los vecinos oyen todo. Muros finos como papel. Su polla ya tiesa contra mi vientre, enorme, palpitando. Bajé su pantalón, zipper rasgando el silencio. ‘Fóllame ya’, supliqué, jadeando. Le quité las bragas de un tirón, coño empapado expuesto. Él se arrodilló, lengua en mi clítoris, lamiendo voraz. ‘Estás chorreando, puta’, murmuró, dedos metiéndose, dos, tres, curvados. Grité, ‘¡Sí, así!’, caderas alzándose. El balcón abierto dejaba entrar brisa fresca, pero sudábamos.

El clímax brutal y el secreto del pasillo

No aguantó más. Me volteó a cuatro patas, polla cabezona empujando mi entrada. ‘Toma, toda para ti’. Entró de golpe, estirándome, dolor-placer. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó, embistiendo fuerte, huevos chocando mi culo. Clap-clap-clap, eco en el piso. ‘Cállate o nos pillan’, susurré riendo, pero gemí más alto cuando tocó el fondo. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Cambiamos, yo encima, cabalgando salvaje, polla hundiéndose profunda. ‘Me corro… ¡ah!’, él gruñó primero, llenándome de leche caliente, chorros potentes. Yo exploté segundos después, coño contrayéndose, jugos mezclados goteando.

Quedamos tirados, respirando agitados. Olor a sexo impregnaba todo, sudor, corrida. Se levantó rápido, ‘Otro café?’. Reí, vistiéndome a medias. Él se fue con un guiño.

Al día siguiente, pasillo. Pasos en el suelo de linóleo, crujiente. Él saliendo del ascensor, yo con la basura. Ojos se cruzaron, sonrisa cómplice. ‘Buen día, vecina’, dijo bajo, rozando mi mano al pasar. Mi coño palpitó de nuevo. Secreto ardiente, esperando la próxima. Nadie sabe, pero los muros hablan.

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