Ayer por la tarde, desde mi balcón, lo vi. Manolo, el viejo del 3ºB, solo en su salón. La luz filtraba por las persianas, y ahí estaba, con los pantalones bajados, pajeándose despacio. Su polla gruesa, venosa, apuntando hacia mi ventana. Me mojé al instante. El corazón me latía fuerte, el aire fresco del balcón erizaba mi piel. ¿Me vio? No sé, pero esa mirada perdida… uf.

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Bajé al ascensor, aún con la falda corta y sin bragas, como siempre. Puertas abriéndose, y ahí él, oliendo a colonia barata. Nuestras miradas chocan. Silencio pesado. Siento su mirada en mis muslos. El ascensor sube lento, traquetea. Mi mano roza su paquete por ‘accidente’. Duro como piedra. ‘Manolo, ¿vienes a cenar a mi casa?’, le susurro. Niega con la cabeza, pero su polla dice sí. ‘No, ven a la mía. Ya tengo la mesa puesta’. La barrera cae. Salimos, pasos en el pasillo vacío, eco nervioso.

La tensión que explota en el ascensor

Entro en su piso. La mesita para él justo enfrente de mi silla, perfecto para verle el coño. Listo el cabrón. ‘Manolo, muévela a mis pies. No seas marrano’. Tiembla, ve la fusta en mi mano. Obedece rápido. Me siento, abro el corsé, tetas casi fuera. Sirve el vino, manos temblorosas. Mientras come de rodillas, mi mano en su bragueta. La masajeo. ‘Joder, Lola, para… me duele, está a reventar’. ‘Cállate y lame mis pies’. Su lengua áspera entre mis dedos, chupando uno a uno. Mi coño palpita, húmedo. Recuerdo al marroquí de ayer, menos mal que lo usé, o estaría suplicando ya.

Café listo. Me tumbo en el sofá, piernas abiertas, coño a la vista. Le tiro una galleta al suelo. ‘Cógela con la boca, perro’. Lo hace, patético. Río, tiro de su pelo. ‘Ve por cuerda’. Vuelve del garaje. ‘Quítate todo menos el slip de abuelo’. Le ato manos atrás, venda ojos. ‘¿Bandes, nounours? Hoy solo tu lengua. Lameme todo, pero nada de chupar coño aún’. Oigo mi falda caer, se la planto en la nariz. ‘Huele mi coño, pero no lo toques’.

Lo arrastro de la polla al dormitorio. Escaleras crujiendo, cada paso un tirón. ‘Casi en tu cama, Manolo. No te la meteré hoy, pero sueña’. Se tumba, yo encima. Su lengua en mis pies, sube piernas… cerca del coño, me giro. Arriba-abajo, una y otra. Mi piel ardiendo, fríos escalofríos. Paso por mis labios, mojo su cara. Gime. Tetas duras, pezones tiesos. No gimo, no le doy el gusto. Pero mi cuerpo traiciona: coño chorreando.

Lametones salvajes y el placer del riesgo

‘Ahora el coño, lame solo’. Su lengua danza: clítoris hinchado, labios, dentro. Bebe mis jugos, sediento. ‘¡Joder, sí! No pares, cabrón’. Primer orgasmo me sacude, grito ahogado. Miedo: ¿nos oyen los vecinos? Puertas finas, pasos en el pasillo lejano. Pero sigo, envión tras envión. Cuatro, cinco… Nez contra mi pubis, magullado pero incansable. Me corro gritando bajito, ‘¡Aaaah, lame más, hostia!’.

Al final, cae exhausto. Yo, temblando, le bajo el slip. Polla goteando. La chupo lenta, lengua en el glande, bolas peludas. Se retuerce, ‘¡Lola, por Dios!’. Traga mi garganta, explota. Semen espeso, amargo, lo bebo todo. ‘Buen chico. Si obedeces, te follaré. Duerme así’. Me voy tambaleando a mi piso, piernas flojas.

Al día siguiente, pasillo. Nos cruzamos. Él con la bolsa de basura, yo al trabajo. Mirada cómplice, sonrisita. Susurra ‘Gracias, Lola’. Rozo su polla con la cadera. ‘Esta noche, más’. El secreto quema, vecinos inocentes pasando. Frío en la nuca, morbo puro.

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