Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol calentándome la piel. Oí risas y el chisporroteo de la barbacoa desde la terraza del vecino de al lado, Adrián. Miré por encima de la barandilla compartida: allí estaban él, con Juan, el madurito alto y fornido del quinto, y Raúl, el joven tímido del tercero. Carne asándose, cervezas en mano. Me picó la curiosidad, el olor a humo me llegó directo al coño. Bajé en el ascensor, el zumbido metálico retumbando en mi cabeza, y toqué su puerta. ‘¡Pasa, Lola, únete!’, gritó Adrián con esa sonrisa pícara.

Entré con mi vestido ligero de verano, sin sujetador, las tetas rebotando un poco, y una tanguita negra que apenas tapaba nada. La luz del atardecer filtraba por las persianas, marcando mis pezones duros. Juan abrió los ojos como platos, Raúl se sonrojó pero no quitó la vista de mis piernas cruzadas al sentarme. ‘Qué guapa estás, vecina’, murmuró Juan, voz grave. Charlamos tonterías, pero el aire estaba cargado. Cada vez que me movía, el vestido subía, dejando ver el borde de mi tanga. Raúl tragaba saliva, su pantalón ya tenso. Adrián guiñó un ojo, como si supiera el juego. La tensión subía, el calor de la brasa mezclándose con el mío.

La llegada y la tensión que sube

De repente, Adrián dice: ‘Raúl, ve a la cocina, mira las patatas en el horno’. El chaval se levanta, pasos nerviosos por el pasillo. Yo espero un segundo, el corazón latiéndome fuerte, y entro detrás. La puerta se cierra con un clic suave. ‘¿Ya están?’, pregunto inocente. Él asiente, ojos clavados en mis tetas. ‘Quedan dos minutos…’, balbucea. Me arrodillo despacio, el suelo frío contra mis rodillas. ‘Mejor esperamos aquí, ¿no?’. Le bajo la cremallera, saco su polla tiesa, venosa, goteando ya. ‘Joder, Lola…’, susurra. La lamo desde la base, lengua plana por la vena palpitante, hasta el glande hinchado. Él gime bajito, ‘shhh, no grites o nos pillan’. Chupo fuerte, meto media polla en la boca, succiono como puta experta. Se crispa, ‘me corro…’. Jet tras jet de leche espesa, ácida, me llena la boca. Trago todo, limpio con la lengua, y me levanto. ‘Saca las patatas, rápido’. Salgo chaloteando, labios hinchados, sabor a él en la garganta.

Los polvos rápidos y el secreto compartido

Luego, post cena, Adrián manda a Juan y a mí ‘a ver el nuevo mueble al fondo de la terraza’. Noche fresca, aire oliendo a jazmín del patio interior. Me apoyo en la pared, sombra de las luces lejanas. ‘¿Estás sola, Lola?’, pregunta él, voz ronca. ‘Sí, hago lo que quiero… follar con quien me ponga’. Le enseño la tanga, bolsillo con condón. Lo coge, lo abre rasgándolo, se pone la polla enorme en segundos. Me empotra contra la madera, levanta mi pierna, aparta la tela húmeda y clava su verga en mi coño chorreante. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñe. Me folla duro, embestidas rápidas, piel contra piel chapoteando. ‘Cállate, que oyen los vecinos’, jadeo yo, uñas en su espalda. Se corre en la goma, gruñendo bajo. Me bajo el vestido, vuelvo como si nada, crema en los labios del postre.

Al día siguiente, en el pasillo estrecho del edificio, cruce con Raúl primero. Ojos bajos, pero su polla medio dura en el pantalón. Sonrisa cómplice, ‘buenos días, vecino’. Luego Juan en el ascensor, aire cargado, rozamos brazos. ‘Anoche fue… intenso’, murmura. Asiento, coño palpitando al recordarlo. El secreto quema, el peligro de siempre acecha en cada puerta. Adoro esto, el vicio del edificio.

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