Oye, soy Laura, de Madrid, y vivo en un edificio viejo donde las paredes son finas como papel. La otra noche, hacía un calor de cojones. Estaba en mi balcón fumando un piti, con la luz apagada para no molestar. De repente, ruidos… gemidos ahogados del piso de al lado. El vecino nuevo, Marcos, alto, moreno, con esos ojos que te clavan. Me asomé un poco, la cortina entreabierta deja ver justo lo que no se debe.
Allí estaba él, con su novia contra la pared del salón. La falda subida, las bragas en el suelo. Él la embestía fuerte, polla dura como piedra entrando en su coño mojado. ‘¡Sí, joder, más profundo!’, gemía ella. El slap-slap de sus cuerpos chocando, el sudor brillando bajo la luz tenue. Me quedé paralizada, la boca seca, pero entre las piernas… un río. Me toqué disimuladamente, imaginando esa verga en mí. El peligro de que me pillen mirando me ponía a mil.
La Mirada que Enciende el Fuego
Al día siguiente, bajo al garaje. El ascensor llega, vacío. Entro, pulso el botón. Puerta a medio cerrar, entra él. Marcos. Camiseta ajustada marcando pectorales, sonrisa pícara. ‘Buenas, vecina’, dice con voz grave. Huelo su colonia, mixta con algo masculino. Silencio pesado, el ascensor sube lento, traqueteando. Nuestros brazos se rozan. Siento su calor. ‘Anoche… oí ruidos’, suelto, roja como un tomate. Él ríe bajito. ‘¿Sí? ¿Te gustó el espectáculo?’. El corazón me late fuerte. Sus ojos bajan a mi escote, mis pezones duros bajo la blusa.
No sé quién se movió primero. Sus labios en los míos, lengua invadiendo, manos en mi culo apretando. ‘Joder, Laura, te vi mirando’, murmura contra mi boca. Puerta del ascensor pitando, entre pisos. Me empuja contra la pared, falda arriba, bragas a un lado. Su polla ya dura, la saca del pantalón, gorda, venosa. ‘Quieta, que nos oigan y se acaba el mundo’, dice, pero me la mete de un empujón. ‘¡Ahhh!’, gimo, mordiéndome el labio. Entra y sale brutal, coño chorreando, el ascensor temblando con cada embestida.
El Placer Brutal y el Secreto Compartido
‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’, susurro, uñas en su espalda. Él gruñe, me agarra las tetas, pellizca pezones. El olor a sexo llena el aire, sudor mezclado. Siento su glande golpeando mi cervix, bolas chocando contra mi culo. ‘Me corro… ¡joder!’, jadea, llenándome de leche caliente. Yo exploto, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Semen goteando por mis muslos cuando sale. Botón de parada, nos recompone ropa a toda prisa. Puertas abren en su piso.
‘Esto queda entre nosotros’, guiña, saliendo. Yo subo a mi piso, piernas flojas, coño palpitando. Al día siguiente, pasillo. Nos cruzamos. Él con bolsa de basura, yo con la compra. Nuestras miradas chocan, sonrisas cómplices. ‘Buen día, vecina’, dice alto. Bajo, ‘Repetimos cuando quieras’. El ascensor espera, pero hoy solo nos miramos. Ese secreto quema, el frisson de lo prohibido me moja otra vez. ¿Quién necesita novio con un vecino así?