Acababa de mudarme a este edificio viejo de Madrid, piso quinto, para la carrera de diseño. Venía de un pueblo donde todos cotillean, y yo… yo adoro el sexo, el morbo de lo prohibido, mirar sin que me pillen. Esa noche, fiesta disfrazada con amigos. Me puse un vestido negro ajustado, medias, tacones. El tío que me gustaba me miró como a un bicho raro. ‘No eres mi tipo’, me soltó. Lágrimas, vodka de más, y acabé en el patio del bloque, sollozando contra la pared. El aire fresco de la noche me erizaba la piel.
Oí pasos en el empedrado. Crujían las hojas secas. Era él, el vecino del tercero, Marcos. Treinta y pico, casado, sin críos. Su mujer viaja por trabajo, dos semanas al mes fuera. Siempre lo veía solo, sacando la basura. Alto, fornido, barba de tres días. ‘¿Estás bien, chica?’, murmuró. Voz grave, como un ronroneo. Me ayudó a levantarme, su mano fuerte en mi cintura. ‘Vivo aquí arriba’, balbuceé. ‘Te acompaño, no estás para subir sola’. En el ascensor roto, subimos a pie. Cinco pisos. Sus pasos detrás de los míos, eco en la escalera. Me apretaba contra él sin querer, su pecho duro contra mi espalda. Olía a colonia y sudor. Mi coño empezó a palpitar.
El encuentro casual y la tensión en las escaleras
Llegamos a mi puerta. ‘¿Café? No quiero estar sola’, le dije, voz temblorosa. Entró. Mi piso pequeño, luz tenue filtrándose por las persianas. Se sentó en el sofá-cama. Hablamos. Le conté la fiesta, el rechazo. Él, su mujer ausente, la soledad. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Yo me reí, nerviosa. ‘Eres preciosa’, soltó. Me lancé. Lo empujé al colchón, me subí encima. Mis nalgas rozando su polla, ya dura bajo los pantalones. ‘Joder…’, gimió. Dudé un segundo, mordiéndome el labio. Sus manos en mi culo, apretando. Nuestras bocas chocaron, lenguas salvajes.
Me puse a cuatro patas. ‘Prepárame’, le pasé el lubricante. Dedo uno, luego dos. Mi ano se abría, gimiendo bajito. ‘Calla, que nos oyen los del cuarto’, susurró, excitado. Me volteó, me masturbó la polla mientras me follaba el culo con los dedos. Exploté, semen en mi vientre, jadeando. ‘Ahora yo’, dijo, bajándose los pantalones. Polla gruesa, venosa. ‘Primera vez así’, admití. Me la metió en la boca. Salada, pulsando. La chupé honda, garganta apretada. ‘Léa… joder, Léa’, gemía mi nombre inventado. Se corrió, leche caliente inundándome la boca, goteando por la barbilla. La tragué, lamiendo.
El sexo brutal y el regreso con el secreto ardiente
No paró. Me lamió el culo, lengua hurgando, áspera y húmeda. Gemí fuerte, mordiendo la almohada. ‘Silencio, vecina’, rio. Me monté en él. Dolor al principio, su verga enorme estirándome. ‘Despacio…’, besos suaves en mi cuello. Luego, cabalgada loca. Mi ano tragándosela entera, coño frotando sus huevos. ‘Me encanta tu polla’, grité. Él embistió desde abajo, manos en mis tetas. Oímos pasos en el pasillo, corazón acelerado. El morbo nos volvió locos. Me corrí, ano convulsionando. Él eyaculó dentro, llenándome, caliente y espeso. Nos dormimos así, unidos.
Desperté con su polla aún en mí. Me duché rápido, volviendo a ser yo, maquillada, peluca. Él entró. ‘Léo o Léa, me da igual. Quiero más’. Me besó bajo el agua. Me folló la boca, luego el culo contra la pared. ‘Toma mi leche otra vez’, gruñó. Eyaculó profundo. Bajó, prometiendo volver.
Al día siguiente, pasillo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrisa cómplice. ‘Buen día, vecino’, susurré. Su mano rozó mi culo disimuladamente. El secreto quema. Su mujer vuelve pronto, pero mientras… la puerta abierta espera. El edificio entero huele a sexo prohibido.