Ay, chicas, os lo juro, acababa de pasar. Desde mi balcón, con la luz filtrando por las persianas, vi a mi vecino del quinto, ese tipo salvaje que vive solo desde que su mujer lo dejó. Estaba en el jardincito compartido del edificio, agachado entre los arbustos silvestres, recogiendo cynorhodon. Esos frutos rojos y espinosos del rosal. Sus manos… dios, llenas de arañazos rojos, brillantes de sudor bajo el sol de otoño. El ruido de sus pasos crujiendo en la grava me erizó la piel. Pensé: ‘Joder, qué hombre más rudo’. Me mojé solo viéndolo, imaginando esas manos ásperas en mi coño.

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Al día siguiente, plof, nos cruzamos en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Llovía a cántaros fuera, el aire fresco colándose por la rendija de la puerta. ‘¿Buena cosecha?’, le dije, sonriendo, recordando el cynorhodon. Él se rió, con esa voz grave: ‘Pequeños y agresivos este año… pero mis chinchillas los adoran’. Sus ojos me recorrieron, deteniéndose en mis tetas bajo la blusa fina. Sentí su mirada como un roce. El ascensor subía lento, pitando en cada piso. Me acerqué, ‘¿Arañazos? Mi abuela conocía trucos…’. Dudó, pero yo ya frotaba mi muslo contra el suyo. ‘Ven a mi piso, te enseño’, murmuró. La barrera cayó ahí, con el ding del ascensor.

La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor

Entramos en su piso, oscuro, olor a madera y animales. Sus chinchillas correteaban en la jaula, chillando bajito. Me quitó la chaqueta, sus manos ásperas rozando mis pezones duros. ‘Confías en mí?’, preguntó, mientras yo palpaba su polla ya tiesa bajo los pantalones. ‘Ciega’, gemí. Se acercó, su aliento caliente en mi cuello. Me besó, lengua profunda, manos en mi culo apretando. Caímos en el sofá junto a la chimenea improvisada, un radiador zumbando. ‘Mira esto’, dijo, cogiendo un cynorhodon del saco. Lo masticó, escupió pulpa en sus dedos y me untó los pezones. ¡Joder! Quemaba dulce, hinchándolos. Lamí su saliva de ellos, gimiendo alto. El riesgo… los vecinos abajo, oídos atentos.

Desnuda ya, le abrí las piernas, su polla gorda palpitando. Mordí el fruto, unté su glande. Él gruñó, ‘¡Coño, qué fuego!’. Chupé su verga, dura como hierro, saboreando el ácido del cynorhodon. Cogí una semilla peluda del interior, la metí en su meado con la lengua. ¡Boom! Se volvió loco, polla hinchada al límite, venas pulsando. ‘Fóllame ya’, rugió. Me puse encima, pero él me levantó la pierna al hombro, como en rituales antiguos que mi abuela contaba. Mi coño abierto ante su boca. Lamió mi clítoris, chupó mis labios hinchados, bebió mi flujo. Gemí fuerte, ‘¡Sí, joder, no pares!’, temiendo que el pasillo oyera. Orgasmeó primero yo, squirteando en su cara.

El clímax brutal y el cruce secreto al día siguiente

No paró. Me tumbó en la cama, polla ardiendo por la semilla. Me penetró de un golpe, ‘¡Tu coño aprieta como puta!’. Follando brutal, piel contra piel, sudor goteando. El zumbido del radiador tapaba mis gritos, pero ¿y si alguien en el pasillo? Sus embestidas profundas, huevos chocando mi culo. ‘Córrete dentro, dame tu leche’, supliqué, arañándole la espalda. Él aceleró, ‘¡Me vengo, puta!’. Eyaculó chorros calientes, llenándome, la semilla saliendo con su semen. Colapsamos, jadeando, su polla aún dura en mí.

Al día siguiente, en el pasillo, luz tenue filtrando. Pasos lejanos. Nos cruzamos, sonrisa cómplice. ‘Buen té de cynorhodon ayer’, susurró, rozando mi mano. Mi coño se mojó de nuevo. El secreto quema, el edificio entero ignora nuestro fuego prohibido. ¿Repetimos?

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