Me desperté esa mañana con la luz filtrando suave por las persianas entreabiertas. Estaba sola en la cama, como siempre, envuelta en esa quietud que ya es mi amante fiel. El silencio del piso era total, solo roto por el zumbido lejano del ascensor. Miré hacia la ventana, y ahí estaba él, mi vecino del ático. Lo vi a través de las rendijas, en su habitación mal iluminada. Estaba de pie, desnudo de cintura para abajo, con la mano derecha moviéndose lenta sobre su polla dura. Joder, qué visión. Su pecho subía y bajaba, los ojos cerrados, como si estuviera soñando con follar. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio alguna vez así? Esa soledad suya me ponía cachonda, como un espejo de la mía.
Bajé al supermercado esa tarde, el pasillo crujía bajo mis pasos. En el ascensor, él entró en el último segundo. Nuestros cuerpos se rozaron, su brazo contra mi teta. ‘Perdón’, murmuró, pero su mirada se clavó en mis labios. El aire se cargó de electricidad. Subimos en silencio, solos. Sentí su calor, olía a jabón fresco y algo más, deseo puro. En el quinto piso, las puertas se abrieron, pero no salí. ‘¿Subes a tomar un café?’, dijo con voz ronca, titubeando. Asentí, el pulso acelerado. Entramos en su piso, oscuro, persianas bajas. Cerró la puerta y me besó, hambriento. Sus manos bajaron mi pantalón de un tirón. ‘Joder, te he deseado tanto’, gruñó.
La chispa en la penumbra del edificio
Caímos en su sofá, la polla ya fuera, gruesa y venosa, palpitando contra mi muslo. Me abrí de piernas, empapada. ‘Fóllame ya’, le pedí, jadeando. Me penetró de una embestida, profundo, hasta el fondo. ‘¡Ah, sí! Más fuerte’, gemí, arañándole la espalda. El sofá chirriaba rítmico, plof plof contra la pared. Sus caderas chocaban mis nalgas, el sonido húmedo de mi coño tragándosela entera. ‘Cállate un poco, los vecinos…’, susurró, pero aceleró, follándome como un animal. Le chupé la lengua, mordí su cuello. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando. ‘Me vengo, joder’, rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro. Yo exploté después, temblando, el clítoris frotándose contra su pubis. Sudor por todos lados, el olor a sexo invadiendo la habitación. Afuera, pasos en el pasillo, pero no paramos. El riesgo nos ponía más.
El clímax salvaje y el guiño del día después
Al rato, nos separamos, jadeantes. Se vistió rápido, yo igual. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo con una sonrisa pícara. Bajé a mi piso, las piernas flojas, el coño goteando su semen. Esa noche, en la soledad de mi cama, reviví cada embestida, el silencio cómplice roto solo por nuestros jadeos.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la bolsa de la compra, yo volviendo del gym. Nuestras miradas se encontraron, un guiño fugaz, esa sonrisa secreta. ‘Buen día’, dijo casual, pero su mano rozó la mía. Sentí el calor subir de nuevo. La soledad ya no es la misma; ahora la compartimos, como un lazo invisible, prohibido, adictivo. Cada mañana, la luz filtrando me recuerda: él está ahí, fiel como una sombra caliente.