Joder, vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas como papel, siempre oyes todo. La del quinto, se llama Luce, la vi por primera vez desde mi balcón. Ella en el suyo, fumando un cigarro, con un vestido ligero que se pegaba al sudor del verano. Pechos grandes, naturales, pesados, moviéndose al ritmo de su risa. Yo… no pude apartar la vista. El sol filtraba por las persianas, rayos dorados en su piel morena, un poco gruesa, con curvas que gritaban ‘tócame’. Sentí un cosquilleo en el coño, ya estaba húmeda solo de mirarla.

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Pasos en el pasillo, eco hueco. Bajaba al supermercado y el ascensor se paró en su piso. Entró ella, olor a vainilla y tabaco, sonrisa torcida. ‘Hola, vecina’, dijo, voz ronca. Espacio pequeño, calor sofocante, su perfume me mareaba. Nuestros brazos rozaron, tetas contra mi hombro. ‘Hace un bochorno, ¿eh?’, murmuró, ojos fijos en los míos, pupilas dilatadas. El ascensor traqueteó, se paró entre pisos. ‘Mierda’, solté. Ella se acercó, aliento caliente en mi cuello. ‘¿Miedo? O… ganas’. Su mano en mi cintura, bajando despacio. Yo… titubeé, pero mi cuerpo dijo sí. La besé, labios carnosos, lengua invasora. Manos por todas partes, subiendo su vestido, palpando ese culo firme. ‘Aquí no…’, susurré, pero ella ya metía dedos en mi braguita. ‘Calla, que nos oigan’. El peligro me puso a mil.

La mirada que lo empezó todo

Salimos corriendo al suyo, puerta slam, llave temblorosa. Caímos en el sofá, ropa volando. ‘Quítate todo, quiero verte’, jadeé. Sus tetas enormes, pezones oscuros duros como piedras, caían pesadas. Las chupé, mordí, leche de sudor salado. Ella gemía, ‘¡Joder, sí, así!’. Le abrí las piernas, coño peludo, labios hinchados, jugoso. Olía a sexo puro, metí la lengua, lamiendo clítoris hinchado. ‘¡Más profundo, cabrona!’, gritó, uñas en mi espalda. Me montó la cara, restregando, ahogándome en su flujo. Yo me tocaba, polla no, pero coño ardiendo, dedos dentro.

‘Quiero follarte como animales’, dijo, sacando un strapon del cajón. Grande, negro, venoso. Me puso a cuatro, escupió en mi culo. ‘Relájate, vecina’. Entró lento, dolor placer, estirándome. ‘¡Ahhh, joder, rómpeme!’, grité, sin filtro. Bombeaba fuerte, tetas golpeando mi espalda, sudor chorreando. Paredes finas, oí pasos fuera, vecino tosiendo. ‘Cállate o nos pillan’, siseó ella, pero follaba más duro, mano en mi clítoris frotando. Yo exploté, chorro en el sofá, ella gruñendo, ‘¡Me corro, puta!’. Semen falso goteando, cuerpos pegajosos.

El clímax y el secreto compartido

Caímos exhaustas, risas ahogadas. ‘Mañana más’, murmuró, besándome. Dormí poco, soñando con su coño.

Al día siguiente, pasillo oscuro, luz parpadeante. La vi salir, bata suelta, pezones marcados. Nuestros ojos se cruzaron, sonrisa pícara. ‘Buenas noches… vecina’, dijo bajito, mano rozando la mía. El secreto quemaba, roce eléctrico. Subí a mi piso, coño palpitando aún, sabiendo que el ascensor sería nuestro próximo pecado. Joder, qué vicio este edificio.

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