Sonó el timbre pasadas las diez de la noche. El pasillo del edificio estaba en silencio, solo el zumbido lejano del ascensor. Abrí la puerta entreabierta, con la cadena puesta por si acaso. Era él, Pablo, mi vecino del 4ºA, el del piso de enfrente. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me ponía nerviosa. ‘María, perdona la hora… Se me rompió el sacacorchos y vi luz en tu casa. ¿Me prestas el tuyo?’ Su voz grave retumbó un poco en el pasillo vacío.

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Lo miré de arriba abajo. Estaba solo, sin su mujer. Mi marido estaba de viaje por trabajo, y yo… yo con ganas de aventura. ‘Pasa’, le dije, quitando la cadena. Entró, rozándome el brazo al pasar. El olor de su colonia invadió el recibidor. Cerré la puerta, pero algo en el aire… tensión. Me siguió al salón, pero me paré en seco en el umbral. Su mano grande se posó en mi pecho, deteniéndome. ‘Espera’, murmuró.

La llegada inesperada y la tensión en el pasillo

Me quedé helada. Nunca nos habíamos tocado así. Sus ojos brillaban bajo la luz amarillenta del pasillo. Me cogió las manos y las clavó en los lados del marco de la puerta. ‘Quédate así. Inmóvil. Como una estatua. Pase lo que pase, no te muevas ni hagas ruido’. Su voz era suave pero firme. El corazón me latía fuerte. ¿Y si alguien salía al pasillo? El vecino del 4ºC era cotilla. Obedecí, curiosa, excitada. El fresco del suelo subía por mis piernas desnudas.

Su dedo rozó mi mejilla, bajó a mis labios. Intenté moverme, pero repetí: ‘Quieta’. ‘Vas a ser mía ahora, María. Haré lo que quiera contigo’. Sentí un calor subiendo desde mi coño. Asentí, muerta de ganas. Desabrochó mi pantalón de yoga, bajó la cremallera despacio. El sonido metálico resonó. Agarró la cintura y tiró el pantalón y las bragas blancas hasta las rodillas. Mi coño al aire, ya húmedo, hinchado. Él lo miró, lamiéndose los labios. ‘Joder, qué coñazo tan perfecto. Llevo meses soñando con él’.

Sus dedos subieron por mis muslos interiores, rozaron mis labios. Electrizante. El dedo índice encontró mi clítoris, lo masajeó lento, luego rápido. Frenético. Intenté no gemir, mordiéndome el labio. El pasillo… ¿y si oían? Mi vientre se empujaba hacia adelante, pidiendo más. Rodillas temblando. ‘¡Quieta! Eres una puta desobediente. Di que mereces castigo’. ‘S-sí… soy una puta mala… castígame’, balbuceé, voz temblorosa.

El polvo salvaje y el secreto compartido

Paró. ‘Repítelo. Y di que tu coño lo necesita ya’. ‘¡Castiga mi coño, por favor!’. Volvió, dos dedos en mi ano, entrando y saliendo. Temblores. Grité bajito, pero ahogado. Chorros calientes bajaron por mis muslos. Orgasmo brutal, cuerpo rígido. Caí de rodillas cuando me soltó, jadeando en el suelo del salón.

A cuatro patas, culo en pompa. Él se bajó los pantalones. Polla dura como piedra, gorda. Se arrodilló detrás, rozó mi raja con el glande. Gemí. Me giró, me metió la polla en la boca. Chupé avidísima, saliva goteando. Sesenta y nueve en el suelo. Su lengua en mi coño, lamiendo el clítoris, tres dedos follando mi vagina brutalmente. Perdí la cabeza. Uñas en su espalda, muslos apretándole la cabeza. Otro orgasmo, gritando en su polla.

Me llevó al sofá, piernas sobre hombros. Entró de un golpe. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón! ¡Relléname el coño de leche!’. Boutoir salvajes, tetas rebotando. ‘¡Sí, puta vecina, toma polla! Grita, que te oigan todos’. El placer del riesgo… gemí alto, sin control. Él eyaculó dentro, caliente, profundo. Me corrí con él, tétana.

Media hora después, duchada, vestida, se fue. ‘Gracias por el sacacorchos’, guiñó. Al día siguiente, en el ascensor. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa cómplice. Su mano rozó mi culo disimuladamente. ‘¿Vienes esta noche?’, susurró. El secreto quema. El edificio ya no es el mismo.

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