¡Madre mía, qué nochecita! Acababa de salir del curro, viernes por la noche, reventada después de una semana de mierda. El pasillo del edificio estaba en silencio, solo el eco de mis tacones rojos contra el suelo de mármol. Llevaba esa falda ajustada negra que me marca el culo, y un top escotado porque, joder, me apetecía sentirme sexy aunque estuviera muerta de cansancio.

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Subo al ascensor en la planta baja, pulso el 5º. Las puertas se cierran con ese zumbido metálico que siempre me pone los nervios de punta. Y de repente, oigo pasos apresurados. ¡Era él! Mi vecino del 4º, ese moreno de ojos verdes que me come con la mirada cada vez que nos cruzamos. Entra justo a tiempo, jadeando un poco, con la camisa medio desabotonada mostrando ese pecho tatuado. ‘Buenas noches, preciosa’, dice con esa voz grave, y cierra la puerta.

La tensión que explota en el ascensor

El ascensor arranca, luz tenue, aire cargado. Nos miramos en el espejo. Yo noto cómo su mirada baja a mis tetas, que se marcan bajo el top. ‘¿Día duro?’, pregunto, rompiendo el hielo, pero mi voz sale ronca. Él se acerca un paso, ‘Peor que el tuyo, creo… pero ahora mejor’. Sus manos rozan mi cintura accidentalmente cuando el ascensor da un leve brinco. Siento su calor, su olor a colonia mezclada con sudor. El corazón me late fuerte. ‘Siempre te miro, ¿sabes?’, murmura, y su aliento me eriza la piel.

No aguanto más. La barrera salta. Me giro, lo empujo contra la pared. ‘Cállate y fóllame ya’, le suelto, y lo beso con hambre, lenguas enredadas, dientes chocando. Sus manos bajan directo a mi culo, me aprietan fuerte, suben la falda. ‘Joder, qué mojada estás’, gruñe mientras mete los dedos en mi tanga. El ascensor sube lento, piso a piso, y yo tiemblo pensando en que alguien pueda pulsar el botón.

El clímax brutal y el secreto compartido

Me arranca el tanga de un tirón, lo oigo rasgarse. Me pone de rodillas, polla fuera ya dura como piedra, venosa, goteando precum. ‘Chúpamela, puta vecina’, dice bajito pero firme. La meto en la boca, profunda, hasta la garganta. Él gime, ‘¡Sí, así, cabrona!’, mano en mi pelo tirando. El ascensor para en el 2º, puertas se abren… nadie. Corazón en la garganta, pero seguimos. Me levanto, él me gira, me abre las piernas contra la pared fría. ‘Voy a destrozarte el coño’, promete, y embiste. Su polla entra entera, gruesa, me llena. ¡Pum, pum! Golpes secos, mis tetas rebotan, gemidos ahogados. ‘¡Cállate o nos pillan!’, susurro, pero no puedo, ‘¡Fóllame más fuerte, joder!’. Sudor gotea, mixto nuestro, el espejo empañado. Me come el cuello, dedos en mi clítoris frotando rápido. Siento el orgasmo venir, coño apretando su verga, chorro de jugos bajando por mis muslos.

Él acelera, ‘Me corro dentro, ¿eh?’, gruñe. ‘¡Sí, lléname!’, jadeo. Explota, leche caliente inundándome, chorros potentes. Nos quedamos pegados, respirando agitados, polla aún dentro pulsando. El ascensor llega al 5º, paramos el tiempo. Nos arreglamos rápido: falda abajo, polla guardada, beso rápido. Salimos, él al 4º, yo al mío. Puertas cerradas.

Al día siguiente, sábado mañana, voy al contenedor. En el pasillo, nos cruzamos. Él con bata, yo en pijama corto. Nuestras miradas chocan, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina… ¿dormiste bien?’, dice guiñando. ‘Como un angelito… pero con sueños calientes’, respondo mordiéndome el labio. Pasamos rozándonos, ese secreto quemándonos la piel. El ascensor nunca fue tan excitante. ¿Repetimos? El edificio guarda más morbo.

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