Anoche no podía dormir. El calor del verano entraba por la ventana entreabierta, y la luz de la luna se colaba entre las persianas del vecino del ático. Oí risas ahogadas, un gemido suave. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte. Allí estaban: ella, la madura del 5ºB, con curvas generosas y melena oscura; él, el chico nuevo, musculoso, con tatuajes que brillaban sudorosos. Follando en el balcón, semiocultos. Su polla dura entrando en ella por detrás, los pechos de ella balanceándose al ritmo. El aire fresco les rozaba la piel, y yo… yo me mojé al instante, tocándome sin darme cuenta.

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Al día siguiente, en el ascensor. Compartimos el espacio estrecho. Ella olía a perfume caro, él a jabón fresco. Silencio pesado. Nuestros ojos se cruzaron en el espejo. ‘¿Dormiste bien?’, me dijo ella con una sonrisa pícara, como si supiera. Él se acercó un poco, su brazo rozó el mío. Sentí su calor. ‘La noche fue… intensa’, murmuró él, mirándome las tetas. El ascensor pitó en mi piso. ‘Sube con nosotros, si quieres repetir’, soltó ella, mordiéndose el labio. Dudé. El ding del ascensor sonó como una invitación al infierno. Subí.

La mirada que lo cambió todo

Entramos en su piso. Luces tenues, música baja. Ella me sirvió vino, con un brillo en los ojos. ‘Algo especial’, dijo, guiñando. Bebí. Calor subiendo por mi vientre. Nos sentamos en el sofá. Sus manos en mis muslos. ‘Te vimos anoche, mirándonos’, confesó él, su aliento en mi cuello. La tensión explotó. Ella me besó primero, lengua juguetona, mientras él me quitaba la blusa. Mis pezones duros contra su pecho. ‘Quiero verte gemir como ella’, gruñó él.

La llevé al dormitorio. Colchón king size, sábanas revueltas. Ella se desnudó rápido, coño depilado brillando. Yo igual, temblando de vicio. Él sacó un dildo enorme de la mesita, negro y grueso. ‘Prueba esto’, dijo ella, untándolo de lubricante. Me puso a cuatro patas, el aire fresco del balcón abierto rozándonos. Introdujo la punta en mi culo. ‘¡Joder, despacio!’, jadeé, pero el placer me traicionó. Entró centímetro a centímetro, abriéndome. Mientras, él metió su polla gorda en mi boca. La chupé ansiosa, saliva cayendo, el sabor salado. Ella lo movía dentro de mí, follándome el culo con fuerza, gimiendo ‘¡Más hondo, puta!’. Oíamos pasos en el pasillo, vecinos pasando. El miedo nos ponía más cachondos.

El fuego desatado y el secreto compartido

Cambié de posición. Él me tumbó boca arriba, polla tiesa lista. ‘Te voy a reventar el coño’, prometió. Entró de un golpe, profundo, mis paredes apretándolo. Ella se sentó en mi cara, su coño húmedo ahogándome. Lamí su clítoris, chupé sus labios hinchados, mientras él me taladraba. ‘¡Sí, fóllala fuerte!’, gritaba ella. Golpes rítmicos, sudor goteando. Saqué el dildo y se lo metí en el culo a ella, follándola al unísono. Gemidos altos, camas crujiendo. ‘¡Cállate o nos oyen!’, susurré entre jadeos, pero no paramos. Él aceleró, bolas chocando contra mí. ‘Me corro’, avisó. Eyaculó dentro, caliente, llenándome. Ella se vino en mi boca, jugos dulces. Yo exploté, piernas temblando, coño palpitando.

Agotados, nos derrumbamos. Besos suaves, risas cómplices. ‘Vuelve cuando quieras’, murmuró ella. Él me acarició el pelo. Salí al amanecer, piernas flojas.

Hoy, en el pasillo. Él bajaba la basura, yo fingía ir al buzón. Nuestros ojos se encontraron. Sonrisa secreta. ‘Buen día’, dijo, voz ronca. Pasé rozándole la mano. Ella asomó por la puerta, guiño. El secreto quema. Ya planeo la próxima.

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