Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol cayendo y esa brisa fresca que me eriza la piel. Oí pasos en el pasillo de al lado, rítmicos, pesados. Miré por las rendijas de la persiana del vecino, esa que deja pasar la luz amarilla de su salón. Ahí estaba él, Javier, el divorciado del 3B, con la camisa desabrochada, bebiendo una cerveza. Sudado, atractivo a sus sesenta, con ese pecho peludo que siempre me ha puesto. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, o eso creí, y sentí un cosquilleo en el coño.

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Bajé al ascensor para ir al súper, y pum, se metió él. El espacio chico, su olor a hombre, colonia mezclada con sudor. ‘¿Qué tal, vecina?’, dijo con voz ronca, mirándome las tetas bajo la blusa fina. Yo, con mis shorts ajustados, crucé las piernas y el roce del tejido me calentó. ‘Bien, pero hace calor aquí, ¿no?’, respondí, mordiéndome el labio. Sus ojos bajaron a mi culo cuando me giré. El ascensor paró en el sótano, luces parpadeando. Nos quedamos quietos, el silencio pesado. Su mano rozó mi cadera. ‘Joder, siempre te miro por la ventana’, murmuró. Yo me volví, lo empujé contra la pared. ‘Yo también te veo, cabrón. ¿Quieres follarme?’. La puerta se abrió, pero nadie. Nos besamos como lobos, lenguas enredadas, su polla dura contra mi vientre.

La mirada furtiva y la chispa en el ascensor

Subimos a su piso a trompicones, puerta entreabierta, riesgo de que alguien pasara. Me tiró en el sofá, rasgando mi blusa. ‘Quítate todo, puta’, gruñó. Me quedé en tanga, tetas al aire, pezones duros. Él se bajó los pantalones, polla gruesa, venosa, goteando. La chupé hambrienta, mamándola hasta la garganta, saliva chorreando. ‘Me vas a romper el coño’, jadeé. Me puso a cuatro patas, en el suelo del pasillo, cerca de la puerta. Lubriqué su verga con mi boca, pero él escupió en mi culo. ‘Hoy te abro el ojete, zorra’. Dudé, pero el morbo me ganó. Metió un dedo, luego dos, estirándome. ‘¡Joder, duele… pero métemela!’. Empujó despacio, el glande forzando mi ano virgen. Grité bajito, mordiendo el cojín. ‘Cállate o nos oyen’, siseó, clavándomela hasta las bolas. Me follaba el culo salvaje, palmadas en las nalgas, ‘¡Qué estrecho tienes, coño!’. Yo me frotaba el clítoris, el placer quemando, miedo a los vecinos oyendo mis gemidos. ‘¡Córrete dentro, llena mi culo!’, supliqué. Él aceleró, pilonándome, hasta que explotó, leche caliente inundándome las tripas. Yo me corrí temblando, chorros en el suelo.

El polvo brutal y el secreto ardiente del día siguiente

Se retiró, semen goteando de mi ojete dilatado. Me limpió con la lengua, lamiendo mi coño y culo, dulce y sucio. Nos vestimos riendo nerviosos, besos rápidos. ‘Mañana más’, susurró.

Hoy, cruzándonos en el pasillo, luz tenue filtrando por las escaleras. Él con su bolsa de basura, yo con el correo. Nuestras miradas picantes, sonrisas culpables. ‘Buen culo, vecina’, guiñó. Sentí la humedad entre piernas, el secreto quemándonos. Los pasos de la vecina del 3A retumbaron, y nos separamos, pero ya planeo la próxima follada prohibida.

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