Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó la semana pasada. Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con ascensores que crujen y paredes finas como papel. Mis vecinos del piso de enfrente, una pareja joven, siempre están a lo suyo. La otra noche, oí gemidos. Primero un quejido bajo, como de placer reprimido. Luego, la cama golpeando contra la pared. Bum, bum, bum. Me acerqué a la ventana, aparté un poco la cortina. La luz de su lámpara filtraba amarilla, tenue. La vi a ella, de rodillas, con el culo en pompa. Él detrás, embistiéndola fuerte. Su polla gruesa entrando y saliendo de su coño mojado, brillando de jugos. Ella gemía ‘¡más, joder, más!’ y él gruñía como un animal. El sudor les corría por la espalda. Me quedé clavada, tocándome sin darme cuenta, el corazón latiéndome fuerte. El riesgo de que me pillaran… uf, me ponía a mil.

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Al día siguiente, bajando al garaje, el ascensor se paró en su piso. Entró él, el vecino ese, alto, con barba de tres días y ojos que queman. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró, pero su voz era ronca, como si supiera algo. El ascensor empezó a bajar, lento, traqueteando. Silencio pesado. Sentí su mirada bajando por mi cuerpo, por mis tetas apretadas en la camiseta fina, sin sujetador. ‘Anoche… ¿estabas mirando?’, soltó de repente, acercándose un paso. Me quedé muda, el calor subiendo por mi cuello. ‘¿Qué? No… bueno, sí, un poco’. Sonrió, malicioso. ‘Me pone cachondo saberlo’. Su mano rozó mi cadera. El ascensor entreplantaos. Pulsé stop. ‘Joder, hazlo’, le dije, jadeando ya.

La mirada indiscreta y la tensión que sube

Me empujó contra la pared fría del ascensor. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Eres una puta voyeur’, susurró, metiendo mano bajo mi falda. Nada de bragas, claro, depilada al laser para estos momentos. Sus dedos encontraron mi coño ya chorreando. ‘Estás empapada, zorra’. Me abrió las piernas, se arrodilló. Su lengua directa al clítoris, lamiendo fuerte, chupando como si fuera su postre. Gemí alto, ‘¡Sí, así, coño!’. El ascensor vibraba un poco, ruido de cables. Miedo a que alguien pulsara. Me corrí rápido, temblando, agarrándole el pelo. ‘Ahora mi polla’, gruñó levantándose. Se bajó los pantalones. Joder, qué verga: gorda, venosa, tiesa como piedra. Me dio la vuelta, falda arriba. Escupió en mi coño y ¡zas!, entró de un golpe. Duele y placer a la vez. ‘¡Fóllame fuerte!’, le supliqué. Embestía brutal, pelotas golpeando mi culo. Plaf, plaf. Sudor goteando, olor a sexo puro. Me tapé la boca para no gritar, pero se me escapaban ‘¡Más, joder, rómpeme el coño!’. Él jadeaba ‘Tu chochito aprieta tanto…’. Me corrí otra vez, piernas flojas, él siguió hasta soltar su leche dentro, caliente, llenándome. ‘Toma, puta vecina’. Se quedó quieto un segundo, respirando en mi oreja.

Pulsamos para seguir bajando. Salimos como si nada, pero mis muslos pegajosos de su corrida. El garaje olía a gasolina y a nosotros. ‘Hasta mañana’, me guiñó. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo volviendo del gym. Nuestras miradas… puro fuego. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó bajito, sonriendo. ‘Con tu semen dentro, sí’. Reímos suave. La vecina pasó de largo, sin saber nada. Ese secreto nos une ahora. Cada crujido en el pasillo me pone. ¿Repetimos? Seguro. El morbo de lo prohibido, chicas, es lo mejor.

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