Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó la semana pasada. Todo empezó en ese chat de ligoteo, ya sabéis, de esos donde la gente va a lo que va. Yo, Lola, 32 años, soltera y con ganas de aventura. Él se hacía llamar Raúl, y sus mensajes eran un desastre de faltas, pero joder, me ponía. ‘Hola, yo Raúl, ¿y tú?’, escribía. ‘Yo Lola, qué coincidencia, los dos con L’, le seguí el rollo. Hablábamos de todo, pero pronto se puso caliente: ‘¿Y si nos viéramos?’. ‘No tan rápido, guapo, envíame una foto reciente’. Me mandó una en un barbecue, agarrando chorizos con las manos grandes, sudoroso, con ese aire de macho que me hace babear. Yo le envié la mía en la cama, con el pelo revuelto, pero sin inflar las tetas del todo. ‘Tienes un poco de barriguita’, me dijo. ‘Y tú no se te ve mucho pecho, pero me da igual, quiero un tío que me coma entera’.
La cosa escaló. Un día, le propuse un jueguecito: ‘Imagina que estamos en mi habitación, ¿qué harías?’. ‘Primero preguntaría si es gratis, jajaja’. Reíamos, pero el calor subía. ‘Quítate las bragas’, le ordené. ‘¡Ya están quitadas!’. ‘Bien, ahora con un boli, escribe sobre tu coño: ‘Agujero para follar”. Se rio, pero picó. ‘No llego bien, ¿vienes tú?’. Le di mi dirección sin pensarlo. Media hora después, timbra. Abro la puerta en bragas, y… ¡joder! Era mi vecino del quinto, Ramón, el del perro que ladra siempre. ‘¿Tú?’, balbuceamos los dos. La luz del pasillo parpadeaba, se oían pasos lejanos. Nos miramos, el corazón a mil. ‘Shhh, entra rápido’, susurré, pero la tensión era brutal. Habíamos chateado tres meses sin saberlo.
La tensión que estalla en el edificio
Bajábamos en el ascensor esa misma noche, fingiendo casualidad. Sus ojos clavados en mis tetas, yo notando su paquete duro contra mi culo cuando el ascensor se paró en seco entre pisos. ‘Mierda, se ha atascado’, dijo con voz ronca. Pero no pulsamos nada. Nos giramos, y bum, sus manos en mi cintura. ‘No aguanto más, Lola’, murmuró, besándome el cuello. Olía a colonia barata y sudor, excitante. Le bajé la cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, ya goteando. ‘Fóllame ya, pero calladito, que nos oigan los vecinos’, gemí. Me levantó la falda, rompió mis bragas de un tirón. El aire del ascensor estaba cargado, rancio, con ese zumbido mecánico. Me apoyé en la pared fría, abrí las piernas. Entró de golpe, ¡joder qué dolor-placer! Su polla me abría el coño como un puño, embistiendo fuerte, chap-chap-chap contra mis muslos. ‘¡Quieta, cabrona, que gritas!’, me tapó la boca, pero yo mordía su mano, arqueándome. Sudábamos, el espejo empañado reflejaba su culo meneándose, mis tetas botando. ‘Me corro, Ramón, ¡ahhh!’, susurré, pero fue un grito ahogado. Él aceleró, ‘Toma, zorra vecina’, y me llenó de leche caliente, chorreando por mis piernas. El ascensor tembló, como si supiera. Pulsó el botón, bajamos jadeando, con olor a sexo por todos lados.
Al día siguiente, en el pasillo, con la compra en la mano. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió pillo, yo me mordí el labio, sintiendo el coño aún sensible. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajito, rozándome el brazo. Se oían puertas abriéndose, el ascensor pitando. ‘Hasta pronto’, respondí, con la piel erizada. Ese secreto nos quema, y sé que repetiremos. El frisson de lo prohibido, de ser vistos… uf, no hay nada igual.