Hace unos días, estaba en el balcón fumando un cigarro a medianoche. El aire fresco me erizaba la piel. De repente, oí gemidos ahogados del ático de al lado. La luz filtraba por las persianas entreabiertas del vecino, ese tal Raúl, casado pero siempre con esa mirada de lobo. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte. Vi su silueta desnuda moviéndose contra su mujer, o eso creí. Él la embestía con fuerza, el colchón crujía. Me mojé al instante, imaginándome allí. Apagué el cigarro y me metí en casa, pero la imagen no se iba.
Al día siguiente, en el ascensor, coincidimos. Él solo, yo con la bolsa de la compra. El espacio era tan pequeño… Nuestros cuerpos se rozaron. ‘Perdón’, murmuró, pero sus ojos se clavaron en mis tetas bajo la blusa fina. Sentí su polla semi-dura contra mi muslo. ‘No pasa nada, Raúl’, dije con voz ronca, mordiéndome el labio. El ascensor pitó en mi piso. ‘Sube a tomar algo esta noche’, solté de golpe, sin pensarlo. Mi marido, que lo sabía todo de mi fantasía voyeur, me había animado antes: ‘Hazlo, quiero verte gozar con él’. La barrera cayó así, en ese metal claustrofóbico.
La mirada indiscreta y el roce en el ascensor
Llegó puntual, con una botella. Mi marido lo recibió con un apretón de manos cómplice. Brindamos en el salón, las paredes finas del edificio recordándonos el peligro. ‘¿Y si nos oyen los de abajo?’, susurró Raúl, pero ya le brillaban los ojos. Yo me puse un camisón negro semitransparente, lascivo pero no puta total. ‘Empieza con un masaje’, pedí, tendiéndome en el sofá. Mi marido me quitó la ropa despacio, de espaldas a Raúl, que se relamía viéndome las nalgas blancas expuestas. Aceite caliente en la piel… Sus manos en mis piernas, subiendo a las tetas pesadas. Gemí bajito, el roce eléctrico.
No aguanté. Me giré, boca arriba, y le bajé los pantalones. Su polla saltó dura, gorda, venosa. ‘Joder, qué pedazo’, balbuceé. Mi marido se desnudó también, su verga tiesa observándonos. Chupé a Raúl primero, lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él gruñó: ‘Hostia, qué boca…’. Mi marido se acercó, yo pasé a su polla, alternando, saliva chorreando. Luego Raúl se arrodilló y me comió el coño. Lamía como un loco, chupando el clítoris, metiendo dedos. ‘¡Ay, sí, no pares!’, grité, olvidando las paredes. Oí pasos en el pasillo de abajo, el corazón en la garganta, pero eso me excitó más. El placer del riesgo, de ser oída.
El trío brutal y el miedo a los gemidos
Mi marido me folló en cuatro, polla entrando hasta el fondo, mientras yo mamaba a Raúl sin parar. ‘Cógemela más fuerte’, jadeé. Cambiamos: Raúl me penetró por fin, preservativo olvidado en la fiebre. Su verga me abría el coño, embestidas brutales, tetas rebotando. ‘¡Me vas a romper, cabrón!’, gemí alto. Mi marido se la metí en la boca a él, primera vez, enorme en mis labios. Raúl se corrió en mi boca, leche caliente bajando garganta. Tragué todo y besé a mi marido, compartiendo el sabor. Él explotó después, yo lamiendo sus bolas.
Se fue de madrugada, un beso rápido. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenos días, vecina’, dijo con guiño, oliendo a sexo aún. Yo sonreí, las piernas temblando del secreto. Mi marido y yo nos miramos desde la puerta, cómplices. Aquel fuego prohibido nos unió más, pero sé que repetiremos. El edificio entero huele a deseo ahora.