Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó hace unos días. Vivo en un edificio viejo de Liège, paredes finas como papel, balcones pegados. Mi vecina Benedicte, mi amiga de la adolescencia, esa que siempre fue tan generosa y caliente… ahora está jodida por deudas. Su marido Jacques abrió un puto club que les arruinó, y ella… pues se puso a currar en un salón cutre cerca de la poste. Pero a veces trae clientes a casa, eh. Discretos, pero yo oigo todo.

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Era una noche de verano, aire pegajoso, ventilador zumbando. Salgo al balcón a fumar, luz de neón parpadeando desde su ventana. Oigo risas bajas, luego un zip. Me asomo un poco, persianas entreabiertas, luz amarilla filtrando. Joder, Benedicte de rodillas, topless, tetas grandes balanceándose. Un tipo calvo, barrigón, polla gorda en su boca. Glup, glup, saliva chorreando por la barbilla. Ella gime, ‘Sí, cabrón, métemela más hondo’. Él gruñe, manos en su pelo. Mi coño se moja al instante. El frisson de espiar, de que me pillen… me toco por encima del pantalón corto, pezones duros contra la camiseta.

La observación que me puso cachonda

Pasos en el pasillo al día siguiente. Bajo en el ascensor, viejo, crujiendo. Puertas se abren en su planta, entra Jacques. Ese bruto, obrero, barba de tres días, ojos hundidos. Sabe que vivo al lado. ‘Buenas, Carmen’, voz ronca. Huelo su colonia barata, sudor. Silencio pesado. ‘Oíste anoche, ¿eh?’, suelta de repente, sonrisa torcida. Me pongo roja, ‘Eh… no sé, paredes finas…’. Él se acerca, ascensor baja lento. ‘Benedicte es buena en eso, ¿verdad? Pero yo… no la toco más’. Su mano roza mi culo, casual. Corazón latiendo fuerte, botón del ascensor parpadea. ‘Para’, susurro, pero piernas temblando.

¡Pum! Se para entre pisos, luz titilando. Jacques me empuja contra la pared metálica, fría en la espalda. ‘Cállate, puta curiosa’, boca en mi cuello, barba pinchando. Le beso, salvaje, lengua dentro. Manos bajan mi short, dedos gruesos en mi coño empapado. ‘Joder, estás chorreando por mí’. Dos dedos adentro, follando rápido, pulgar en el clítoris. Gimo alto, ‘¡Jacques, nos oirán!’. Me da la vuelta, pantalón bajado, polla dura como hierro contra mi culo. Gruesa, venosa, cabeza mojada. ‘Cógela’, ordena. La agarro, masturbo fuerte, él escupe en mi raja. Empuje brutal, polla abriéndome entera. ‘¡Ahhh, coño!’, grito, pared vibrando. Me folla como animal, pla pla pla, huevos golpeando. Tetas fuera, él mama pezones, mordiendo. ‘Más, cabrón, rómpeme’. Orgasmo sube, coño apretando su verga, chorro saliendo. Él gruñe, ‘Me corro dentro’, semen caliente llenándome, goteando piernas.

El polvo brutal y el secreto compartido

Botón de emergencia, ascensor arranca. Nos subimos ropa rápido, sudorosos, olor a sexo. Salimos, él guiña ojo, ‘No le digas a nadie’. Noche pensando en su polla, masturbándome tres veces.

Al día siguiente, pasillo estrecho, luz fluorescente zumbando. Cruzo con Benedicte, moratones leves en brazos, sonrisa cansada. ‘¿Dormiste bien?’, pregunta, ojos pícaros. ‘Eh… sí, oí cosas raras’, balbuceo. Ella ríe bajito, ‘Jacques es un salvaje, ¿verdad? Sé que lo pillaste’. Manos rozan, secreto quemando. ‘Ven un día, te enseño trucos’, susurra. Puertas cerrando, yo ardiendo. El edificio entero sabe a prohibido ahora.

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