Ayer por la noche no podía dormir. Las cortinas entreabiertas dejaban filtrar la luz de la luna, y ahí estaba él, el vecino del quinto, en su salón. Lo vi quitándose la camisa, esos músculos tensos bajo la piel morena. Me mordí el labio, el corazón latiéndome fuerte. Sé que es casado, pero esa forma de moverse… uf. Desde mi balcón, el aire fresco me erizaba la piel, y juraría que me miró un segundo, como si supiera que lo espío.

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Esta mañana, en el ascensor. Compartimos el espacio estrecho, oliendo a su colonia fuerte, mezclada con mi perfume dulce. Nuestros brazos se rozaron. ‘Hola, Ana’, murmuró, voz ronca. ‘Hola, Pablo’, respondí, mirándolo de reojo. Sus ojos bajaron a mi escote, y sentí un calor subiendo por mi coño. El ascensor pitó en mi planta. Dudamos. Su mano rozó mi culo al salir. ‘¿Subes?’, le dije, voz temblorosa. Él sonrió, pícaro. Cerré la puerta de mi piso, y ya estaba sobre mí, besándome con hambre. ‘No aguanto más verte por la ventana’, gruñó. La barrera cayó ahí, en el pasillo oscuro.

La Mirada que Enciende Todo

Me arrastró al salón, luces bajas. ‘Esto es una locura, mi mujer está arriba’, jadeó, pero sus manos ya me arrancaban la blusa. Le empujé al sofá, ‘Cállate y fóllame’. Me arrodillé, saqué su polla dura, gruesa, palpitante. Olía a hombre, a sudor fresco. Lamí el glande, salado, chupando lento mientras él gemía bajo. ‘Joder, Ana, qué boca…’. Temía que los vecinos oyeran, los tabiques son finos, pero eso me ponía más cachonda. Se la tragué hasta la garganta, tosiendo un poco, saliva goteando. Él me levantó, tiró mi falda. ‘Quítate las bragas’, ordenó. Mi coño estaba empapado, hinchado. Me abrió las piernas en el sofá, metió dos dedos, chapoteando. ‘Estás chorreando, puta vecina’.

Me lamió el clítoris, lengua áspera, succionando fuerte. Gemí alto, tapándome la boca. ‘¡Casi gritas!’, rio él. Luego, su polla contra mi entrada. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ay, joder, qué prieta!’, rugió. Follando duro, piel contra piel, sudor goteando. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando. Él me pellizcaba los pezones, duros como piedras. ‘Métemela por el culo’, le supliqué, el morbo del peligro me volvía loca. Escupió en mi ano, empujó despacio. Dolor dulce, estirándome. ‘¡Dios, qué culazo!’, jadeó. Me folló el culo mientras me frotaba el coño, orgasmo explotando, chorros mojando el sofá. Él se corrió dentro, caliente, gruñendo mi nombre. Oímos pasos en el pasillo… silencio, risas nerviosas.

El Placer Brutal y el Adiós Dulce

Después, abrazados, sudorosos. ‘Esto fue la última vez, ¿verdad?’, susurró, besándome el cuello. Asentí, triste pero saciada. ‘Sí, Pablo. Tu mujer, mi vida… pero qué noche’. Nos vestimos lento, memorizando olores, sabores. Su semen aún goteaba de mí.

Hoy, cruzándonos en el pasillo. Luz fluorescente parpadeando, olor a café del edificio. Nuestros ojos se clavaron, sonrisa cómplice. Su mano rozó la mía un segundo. ‘Buen día’, dijo casual. ‘Sí, buen día’, respondí, coño palpitando de recuerdo. Nadie sabe, pero ese brillo en la mirada grita todo. El secreto quema, delicioso.

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