Hola, soy Ana, 32 años, divorciada y con un apetito sexual que no para. Vivo en un edificio viejo en Madrid, con balcones pegados y paredes finas. El vecino de arriba, Pablo, un chaval de unos 20, con cuerpo de nadador, me volvía loca. Lo pillaba por la ventana entreabierta, tumbado en su terraza en slip, polla marcada, sudando bajo el sol. Sus abdominales perfectos, culo firme… Uff, me tocaba el coño viéndolo, imaginando lamerle los huevos.
Al principio, eran miradas casuales en el pasillo. El ruido de sus pasos pesados en las escaleras, eco en el hueco. ‘Buenas, Ana’, decía con voz ronca, ojos bajando a mis tetas en el escote. Yo sonreía, mordiéndome el labio. ‘¿Vas a la piscina hoy?’, preguntaba, rozándole el brazo. Él se ponía rojo, polla endureciéndose en los pantalones. La tensión subía como el calor del verano.
La tensión que crecía entre vecinos
Una tarde, sola en la piscina común del sótano. Luz tenue filtrando por las rejillas, cloro picando en la nariz, agua fresca chapoteando. Oigo la puerta… Es él, solo. ‘¿Vacía? Genial’, dice quitándose la camiseta, torso bronceado reluciendo. Se mete en el agua en bañador ajustado. Yo, en bikini rojo, tetas casi saltando, nado cerca. ‘Pablo, ¿nunca has nadado desnudo?’, susurro, voz temblorosa de excitación.
Él traga saliva. ‘Ehh… no’. Me acerco, pecho rozando su espalda. Desato mi top por detrás. ‘Desátamelo tú’. Sus dedos tiemblan en mi nuca, piel erizándose con el aire húmedo. El top cae al agua, tetas libres, pezones duros como piedras. Él jadea, ojos fijos. Lanzo el bikini entero, coño depilado flotando bajo el agua. ‘Tu turno, guapo. Quítatelo o te lo arranco’.
Obedece, polla saliendo tiesa, gruesa, venosa, cabeza roja hinchada. Agua fría no la frena. Planeo, mano subiendo por su muslo, agarro sus huevos pesados, masajeo. ‘Joder, Ana…’, gime bajo. Lo empujo contra la pared de la piscina, labios chocando, lengua invadiendo su boca. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, dolor placentero. ‘Fóllame ya’, le digo, piernas enroscadas en su cintura.
El sexo brutal en el agua y el secreto ardiente
Su polla roza mi coño empapado, labios hinchados abriéndose. Empuja, entra de golpe, estirándome. ‘¡Ahhh! Qué polla más gorda’, grito, eco en el sótano. Agua salpicando, chapoteos rítmicos. Me folla duro, embestidas profundas, huevos golpeando mi culo. ‘Cállate, nos oirán los vecinos’, susurra él, pero gime más fuerte. Yo aprieto coño alrededor de su verga, ordeñándola. ‘Que nos pillen, me da más morbo’.
Salimos goteando al borde, transats chirriando. Lo tumbo, monto a horcajadas. Polla hundiéndose hasta el fondo, clítoris frotando su pubis. Rebotó salvaje, tetas botando, sudor mezclando con cloro. ‘¡Mámame las tetas!’, ordeno. Boca caliente succionando, dientes mordiendo. Mi orgasmo viene brutal, coño contrayéndose, chorros calientes bajando por su polla. Él no aguanta: ‘Me corro…’. Semen caliente llenándome, desbordando.
Primera vez rápida, pero él se endurece otra vez. Lo chupo, lengua en el frenillo, bolas en la boca, saliva chorreando. Vuelvo a montarlo, ahora despacio, sintiendo cada vena. Cambio: él encima, misionero feroz, placaje tras placaje. ‘¡Fóllame el coño, Pablo! Más fuerte’. Gritos ahogados, miedo a los pasos arriba. Su corrida segunda me hace explotar, cuerpo temblando, uñas clavadas en su espalda.
Al día siguiente, pasillo estrecho, olor a café matutino. Nos cruzamos. ‘Buenos días, vecino’, digo guiñando, coño aún palpitando recordándolo. Él sonríe cómplice, mano rozando mi culo disimuladamente. ‘Repetimos pronto?’. El secreto quema, paredes testigos mudas. Cada mirada ahora promete más folladas prohibidas.