Era la noche de San Juan, no le di bola, para mí era como cualquier otra. Pero el edificio vibraba: hogueras abajo, música filtrándose por las persianas entreabiertas. Yo en mi salón, luces tenues, un vaso de vino tinto fuerte en la mano. De pronto, ruido de pasos en el pasillo, pesados, rítmicos. Miré por la mirilla: mi vecino del quinto, el nuevo, ese moreno misterioso que me traía loca desde hace dos meses. Se paró en su puerta, abrió el balcón, y empezó a bailar solo. Acordeón chirriante desde algún altavoz comunal, alcohol en el aire, denso, dulce.
Sus caderas se movían como en trance, ojos cerrados, sudor brillando bajo la luz de la luna filtrada por las hojas. Camisa desabotonada, pies descalzos pisando las baldosas frías. Dios, qué duro me ponía verlo así, intocable, pero tan cerca. Lo había rozado en el ascensor, miradas que quemaban, pero él siempre se escabullía. Esa noche, no. El ritmo tsigano aceleró, violín agudo, él giraba más rápido, pelo revuelto. ¿Borracho? ¿Drogado? Me mordí el labio, el coño ya húmedo, palpitando.
La tensión que explota en la noche de San Juan
No aguanté. Salí sigilosa, pasillo oscuro, eco de mis tacones. Ascensor abajo, vacío, frío. Subí al quinto. Puerta entreabierta, música saliendo. ‘¿Vienes?’, murmuró él al verme, voz ronca, sonrisa lobuna. Entré, tensión eléctrica. Manos en mi cintura, beso salvaje, lenguas chocando. ‘Espera…’, susurré, pero él ya me empujaba al balcón. Corrimos a la terraza comun, jardín trasero embarrado por la lluvia de ayer, arcilla roja pegajosa bajo los pies descalzos.
‘¡Cógeme si puedes!’, rio él, huyendo. Lo perseguí, resbalones, risas ahogadas. Caí sobre él, barro salpicando, cuerpos enredados. Lucha juguetona, salvaje: tiré de su camisa, él rasgó mi blusa. Piel contra piel, desnudos ya, cubiertos de esa pasta dorada y cálida. Sus manos fuertes me inmovilizaban, yo arañaba, mordía. Olor a tierra húmeda, verano pegajoso, nuestros jadeos rompiendo el silencio nocturno. Miedo a que los vecinos oyeran, ese riesgo me ponía más cachonda.
El clímax brutal y el secreto del pasillo
Por fin, lo derribé. Me subí encima, su polla dura como hierro contra mi muslo embarrado. ‘Fóllame ya’, gruñí, guiándola a mi coño empapado. Se hundió de un golpe, grueso, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, sin filtro, parándome la boca con la mano. Él embestía brutal, caderas chocando con slap slap en el barro. Le chupé el cuello, mordí oreja: ‘Más fuerte, joder, que nos oigan’. Su lengua, larga, experta, me invadió la boca, luego bajó a mis tetas, lamiendo pezones duros, succionando. Me volteó, ahora él encima, polla martilleando mi coño, dedos en mi culo, abriéndome. ‘Estás tan apretada…’, jadeó, metiendo un dedo, luego dos. Grité, orgasmo subiendo, paredes del coño apretándolo, ventosas diminutas succionándolo.
Me puso de rodillas, barro en la cara, me folló por detrás como un animal. Polla entrando y saliendo, bolas golpeando mi clítoris hinchado. ‘Voy a correrme…’, avisó, pero yo lo apreté más, ‘Dentro, cabrón, lléname’. Rugió, chorros calientes inundándome, yo explotando con él, temblores, gritos ahogados. Sudor, barro, semen goteando. Nos quedamos tirados, respirando pesado, risas cómplices.
Al día siguiente, pasillo estrecho, luz fluorescente parpadeando. Él saliendo con bolsas de basura, yo con el café. Nuestras miradas chocaron: sonrisa secreta, fuego latente. ‘Buen día’, dijo casual, rozándome el brazo. Asentí, coño recordando su polla. Nadie sabe, pero ese secreto quema, promete más.