La otra noche, estaba en mi salón, con la luz baja, fumando un cigarro en el balcón. La cortina entreabierta dejaba filtrar la luz de la luna. Del edificio de enfrente, en el quinto, vi movimiento. Era él, mi vecino, el casado del 5B. Su mujer se había ido el fin de semana a casa de su madre, lo había oído en el rellano. Estaba solo, en calzoncillos, con la polla en la mano. La luz amarillenta de la lámpara le iluminaba el cuerpo. La meneaba despacio, gimiendo bajito. Sentí un cosquilleo en el coño. Me acerqué más, el corazón latiéndome fuerte. Él miró hacia mi ventana, como si supiera. Nuestras miradas se cruzaron. No apartó la vista, siguió pajeándose más rápido. Yo… me mordí el labio, metí la mano en las bragas. El aire fresco del balcón me erizaba la piel.

Al día siguiente, en el ascensor. Subía con bolsas del súper, él entró en la tercera planta. ‘Hola, vecina’, dijo con esa sonrisa pícara. El espacio era pequeño, olía a su colonia fuerte. Nuestros brazos se rozaron. ‘Anoche… te vi’, murmuró. Sentí el calor subiendo. ‘Yo también te vi a ti’, respondí, la voz temblorosa. El ascensor pitó en mi piso, cuarto. No salí. Él pulsó el botón de parar. ‘Ven a mi casa, mi mujer no vuelve hasta mañana’. Dudé, pero el morbo me pudo. ‘Vale… pero rápido’. Salimos, sus pasos resonando en el pasillo vacío. Abrió la puerta, me empujó dentro. La barrière cayó ahí, en su sofá.

La Mirada que Desató el Fuego

Me arrancó la camiseta, los pechos saltaron libres. ‘Joder, qué tetas tan ricas’, gruñó, chupándomelas con hambre. Yo le bajé los pantalones, su polla dura como piedra, venosa, goteando ya. ‘Fóllame, no aguanto’, le supliqué. Me tiró en el sofá, abrió mis piernas. ‘Mira qué coño tan mojado’. Me lamió el clítoris, la lengua girando, chupando mis labios hinchados. Gemí alto, ‘¡Sí, así, cabrón!’. El riesgo de que los vecinos oyeran me ponía a mil. Metió dos dedos, me folló con ellos, rápido, chapoteando. Yo arqueé la espalda, el sofá crujiendo. ‘Ahora mi turno’, dijo, poniéndose de rodillas. Le tragué la polla entera, hasta la garganta, saliva cayendo. Él me agarró el pelo, follando mi boca. ‘Qué puta eres, vecinita’.

El Placer Brutal y el Eco de los Gritos

No aguantó más. Me puso a cuatro patas, contra la ventana. ‘Que nos vean, me da igual’. Entró de golpe, su polla gruesa abriéndome el coño. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’, gritó. Me embistió fuerte, pelotas golpeando mi culo, sudor goteando. Yo chillaba, ‘¡Más duro, rómpeme!’. Sentía su rabo palpitando dentro, rozando mi punto G. El cristal vibraba, la ciudad abajo. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando. Él me pellizcaba los pezones, me metió un dedo en el culo. ‘Ven, zorra’. Explosé en un orgasmo brutal, el coño contrayéndose, chorros mojando su polla. Él se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, gimiendo como loco. ‘Toma, toda para ti’.

Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos. Se duchó rápido, yo me vestí temblando. ‘Mañana más’, susurró al despedirme. Hoy, en el pasillo, cruzamos. Él con su mujer de la mano, comprando pan. Nuestras miradas se encontraron, un guiño secreto. Ella ni se enteró. Sonreí, sintiendo su semen aún dentro. El ascensor pitó, subí sola, recordando cada embestida. Este secreto quema, y quiero más.

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