¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Vivo en un edificio cutre del centro de Madrid, de esos con paredes finas como papel y balcones que se miran de frente. Mi vecino del 4ºB, Javier, es un pedazo de hombre: 42 años, repartidor, brazos como troncos, siempre con esa camiseta ajustada sudada y barba de tres días que me pone a mil. Su ex se largó hace meses, y yo… pues estoy casada, pero mi maridito viaja por trabajo semanas enteras. Abierta total, ¿eh? Me flipa el morbo de lo prohibido, el riesgo de que nos pillen, ese cosquilleo en el coño cuando oigo pasos en el pasillo.
Todo empezó hace noches. Era tarde, yo en bragas y camisón, fumando en el balcón con la luz baja. El aire fresco me erizaba la piel. Oí gemidos bajitos del suyo, justo enfrente. Stores entreabiertos, luz amarilla filtrándose. Me asomé un poco, corazón latiendo fuerte. Allí estaba él, en calzoncillos, polla en mano, pajeándose como loco. ‘Laura… joder, Laura…’, murmuraba. ¿Mi nombre? Me mojé al instante, tetas duras, deditos queriendo bajar. Se corrió chorros en la mano, gruñendo. Me escondí temblando, coño palpitando. ¿Me había visto?
La tensión que explotó en el ascensor
Al día siguiente, bajamos juntos al garaje. Pasos resonando en el pasillo vacío, eco metálico. ‘Buenas, guapa’, su voz ronca, olor a hombre. Ascensor viejo, puertas chirriando. Solos. Sus ojos clavados en mis tetas bajo la blusa fina. ‘Anoche… ¿me viste?’, soltó de repente. Me quedé muda, rubor subiendo. ‘Yo… eh… sí, un poco’. Sonrió lobuno, se acercó. Su aliento caliente en mi cuello. ‘Me pones cachondo perdido’. Mano en mi cadera, roce eléctrico. Ascensor para en su piso. ‘Sube un rato’, susurra. Duda: ‘Javier, no… mi marido…’. Pero piernas flaquean, entro tras él. Puerta cierra con clic seco.
Dentro, olía a sexo viejo y colonia barata. Luz tenue de lámpara. Me plaquea contra la pared, boca hambrienta en la mía. Lenguas enredadas, saliva mezclada. ‘Joder, Laura, te como entera’. Manos bajo falda, dedos en mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’. Gimo: ‘Sí… pero calla, nos oyen los vecinos’. Me arrastra al balcón, aire fresco azotando. ‘Aquí, con riesgo’. Baja pantalón, polla gorda, venosa, cabezona reluciente. ‘Chúpamela’. Me arrodillo, frío suelo, la engullo. Sabrosa, salada, me la meto hasta garganta. Él gruñe, manos en pelo: ‘Así, zorra, trágatela’. Oigo pasos lejanos en pasillo, terror y morbo explotando.
El secreto ardiente del pasillo
Me pone de pie, falda arremangada, tanga a un lado. ‘Mira enfrente, que nos vean’. Coño abierto, clítoris hinchado. Empuja polla de un golpe: ‘¡Aaaah!’. Llena, estirándome. ‘Fóllame fuerte’, suplico. Embiste salvaje, tetas botando, palmadas en culo. ‘Tu coño aprieta como puta virgen’. Sudor goteando, luces de balcones vecinos parpadeando. ‘Me corro… ¡no pares!’. Él acelera: ‘Toma leche, cabrona’. Chorros calientes inundándome, piernas temblando, orgasmo rompiéndome. Gritos ahogados: ‘¡Síii!’. Cae todo, resbalando por muslos.
Agotados, adentro. Beso suave: ‘Ha sido brutal’. Me visto temblando. ‘Nadie debe saber’. Sonrío: ‘Nuestro secreto’. Al día siguiente, cruce en pasillo. Ojos cómplices, sonrisas pícaras. Susurra al pasar: ‘Esta noche, balcón’. Corazón acelera, coño ya húmedo. Ese guiño quema, el edificio entero parece saberlo. ¡Qué vicio, chicas!