La otra noche, desde mi balcón, vi luces en el piso de enfrente. Los stores entreabiertos dejaban ver a mi vecino nuevo, ese chico rubio de veintipocos, delgado como una chica, con pelo largo hasta los hombros. Estaba en calzoncillos, torso desnudo, piel blanca impecable, sin un pelo. Me quedé mirando, el corazón latiendo fuerte. El aire fresco del balcón me erizaba la piel, y yo… yo ya estaba mojada solo de imaginar.
Al día siguiente, en el ascensor. Compartimos el rellano, pero nunca hablamos. Entró detrás de mí, olor a jabón suave, pasos silenciosos en el suelo. ‘Hola’, murmuró, voz suave, casi femenina. Yo sonreí, ‘qué calor hace aquí, ¿no?’. Sus ojos bajaron a mi escote, y sentí su mirada como una caricia. El ascensor paró en mi planta. ‘¿Subes?’, le dije, juguetona. ‘Sí… si no molesto’. Entramos en mi piso, puerta entreabierta al pasillo, vecinos que podrían oír.
La mirada furtiva y la chispa en el ascensor
Le ofrecí agua, pero acabamos en el sofá. ‘Tienes pinta de necesitar un masaje’, le solté, riendo. Él dudó, mordiéndose el labio. ‘Bueno… me encantan’. Se puso boca abajo, solo en slips. Mis manos en sus hombros, piel satinada, sin vello. Bajé a la espalda, rozando sus caderas. El slips marcaba una polla semi-dura. ‘¿Te gusta?’, susurré. ‘Mucho… sigue’. Me atreví, manos en sus nalgas firmes, blancas. Él gimió bajito, ‘joder, qué bien’.
Me giré para sus pies. Los acerqué a mi cara, olor sutil a cuero y sudor, pies finos, arqueados como de modelo. Mi coño palpitaba. Erección instantánea en él, vi el bulto. ‘Tus pies son de tía’, le dije, voz temblorosa. ‘¿Te ponen?’. Asentí, bajé mi tanga disimuladamente. Los olí más cerca, lamí la planta, lengua entre dedos. Él jadeó, ‘no pares, por favor’. Mi cara enterrada, chupando, lamiendo. Su polla saltó libre del slips.
No aguanté. Volteé, besos en su cuello, mano en su verga dura, venosa, larga. ‘Quiero chupártela’, gemí. Me arrodillé, la tragué entera, saliva goteando, vaivenes rápidos. Él agarró mi pelo, ‘joder, qué boca’. Sentí su culo contra mis dedos, lo unté de saliva, dedo dentro. Gritó ahogado, ‘¡me vengo!’. Chorros calientes en mi garganta, tragué todo, salado, espeso. Mi orgasmo vino solo, coño chorreando.
El desmadre total y el secreto del pasillo
Pero quería más. Beurre en la cocina, unté sus nalgas, dedo en ano, luego lengua rimming el culo. ‘Fóllame, porfi’, suplicó como puta. Mi coño no, su culo. Escupí, empujé mi… espera, no, soy tía, usé un dildo grande que tengo. Lo até, lo metí lento en su roseta apretada. ‘¡Ay, duele… pero sigue!’. Empujé fuerte, él gritaba bajito, miedo a vecinos. Polvo brutal, mi clítoris frotando su espalda, él pajeadándose. ‘¡Córrete dentro!’, y yo simulé, él explotó semen en el sofá.
Agotados, sudorosos. Nos duchamos rápido, pis en mi cara bajo el agua, jet caliente, lo bebí un poco, nuevo vicio. Besos largos. Vestimos, él se fue sigiloso. Pasillo vacío, puerta cierra con clic.
Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Ojos cómplices, sonrisas. ‘Buenos días’, dice él, voz ronca. Paso rozando su brazo, ‘hasta pronto, guapo’. El secreto quema, vecinos ajenos, yo ya fantaseando el próximo ascensor. El frisson del peligro, joder, adictivo.