Ayer pasé a ver a mi vecina Laura, la del piso de al lado. Brunette guapa, con esa naricita respingona que me recuerda un poco a Penélope Cruz. Hace seis meses la vi después de su tercer parto, pasados los cuarenta, rellenita pero mona. Ahora… uf, había bajado un montón de peso. Me abrió la puerta con una falda cortita azul de flores, y zas, me dio un subidón erótico directo al coño. Pelo recogido, cara afilada, se movía por la cocina como una diosa mientras charlábamos preparando la cena. Sus dos niñas de vacaciones, el peque durmiendo abajo. Solo esperábamos a su marido.
Comimos en el balcón, aire fresco de la noche, risas tontas como siempre. Él se fue al curro de nuevo, turno nocturno. Empezamos a recoger. Ella al fregadero, yo al lado con el trapo, secando platos. Hablábamos de tonterías, pero mis ojos se clavaban en sus culazo moviéndose bajo la falda. Cada vez que se giraba a tirar algo a la basura, se le subía, mostrando muslos jugosos. Casi veo la braguita. Me puse cachonda perdida, el coño palpitando. Intentaba pensar en nuestra amistad de años, pero las ideas sucias me invadían.
La visita casual que enciende la chispa
Nuestros brazos se rozaban cada dos por tres. Ella ralentizaba los gestos, miradas cruzadas con ojos más oscuros. Se apoyó en el fregadero, pensativa. No aguanté: puse mi mano izquierda en su nalga derecha, apretando el tejido. Esperé. Nada. Boca entreabierta, mirada fija al frente. Empecé a sobarla fuerte, subiendo la carne, frotando cachete contra cachete. Sentí la braguita, jugué con el elástico del pulgar. El pasillo crujía con pasos lejanos de algún vecino, el ascensor zumbaba abajo. Peligro puro.
—¿Qué coño hacemos? —murmuró grave, sin girarse.
—Quiero comerte el culo, Laura… —solté, ronca.
Agarró el bajo de la falda, la subió despacio hasta las caderas. Braguita de algodón azul, conteniendo a duras penas esas nalgas gordas. Me coloqué detrás, manos en su carne, amasando firme. Mucho material… No besos, ni miradas. Solo urgencia bestial. ¿Problemas con su marido? Ni idea. Me agaché, cara en su raja, thumbs metiéndose bajo la tela hacia su coño hinchado. Clapotis húmedos, olor a excitación. Mojaba como una fuente. Apartó la braguita ella misma, labios mayores gordos y brillantes.
Los apreté con dedos, chorreando más. Gemí al meter dos dedos en su chucha ancha, resbaladiza. Se arqueó, respirando fuerte. Mi coño ardía, pero quería más. Me puse de pie, bajé mis leggings, saqué mi consolador grande del bolso —siempre llevo uno—. Pero ella paró mi mano:
—No por ahí…
El clímax brutal y el secreto ardiente
Sorpresa. Cogió aceite de oliva del banco, lo abrió y me lo pasó sin mirar. Mensaje claro: tango anal. Me unté el dildo generoso. Ella falda y braguita arriba, ano expuesto. Dedos lubricados, lo abrí suave: un dedo, dos. Listo rápido. Froté la punta en su ojete, pero ella, abriendo nalgas, se empaló ella sola, controlando. Me tragó entera el culo. Increíble apretón. Paramos un segundo, oyendo el vecino del 3º cerrar la puerta. ¿Seguir? Obvio.
Empecé a bombear lento, pero pronto furioso, metiendo todo hasta el fondo. Como en mantequilla. Ella gruñía bajo, mano en su coño masturbándose frenética. Yo la agarraba por hombros, pistoneando como loca. El fregadero golpeteaba rítmico, miedo a que el peque despertara o un vecino oyera. Insoportable. Ella explotó en orgasmo brutal, cuerpo temblando, ano contrayéndose. Yo la seguí, corriéndome imaginando su marido oliendo a aceite.
Quedamos jadeantes contra el fregadero. Me saqué, me subí todo. Ella corrió al baño sin mirar. Me lavé las manos oyendo el agua correr. Salió roja, avergonzada. Nos miramos por fin.
—Joder, lo siento… —dijo ella.
—Yo también. Frenesí total. No más, ¿vale?
Asentimos, de acuerdo. Salí sigilosa. Hoy en el pasillo, cruzamos miradas cargadas. Sonrisa cómplice, secreto quemando. Su culo camina diferente. ¿Repetimos? El pasillo huele a aceite todavía.