Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a medianoche. El aire fresco de Madrid me erizaba la piel. La luz de la luna filtraba por las persianas de al lado, del quinto piso. Oí risitas ahogadas, gemidos suaves. Me asomé un poco, curiosa. Ahí estaban ellas: Carmen, la pelirroja tetona con ojos verdes que me ponía cachonda cada vez que la veía, y Lola, su morena roommate, delgada pero con un culo que mataba. Se besaban contra la barandilla, manos por debajo de las faldas. Carmen le metía dedos en el coño a Lola, que jadeaba bajito. ‘Shhh, que nos oyen’, susurró Lola. Me mojé al instante. El corazón me latía fuerte, el riesgo de que me pillaran mirando me volvía loca.

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Al día siguiente, en el ascensor. Solas ella y yo, Carmen. Olía a su perfume dulce, mezclado con algo… sexo. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas noches, vecina’, dijo con una sonrisa pícara. Yo tragué saliva. ‘¿Dormiste bien?’, pregunté, voz ronca. Se acercó, su pecho rozó el mío. ‘Mejor que nunca… pero con ganas de más’. El ascensor pitó en su piso. ‘Sube un rato?’, murmuró, mordiéndose el labio. Dudé un segundo. ‘Vale’. La puerta se abrió, sus pasos resonaron en el pasillo vacío. Entramos en su piso. Lola estaba en el sofá, en bragas, con una copa. ‘¡Mira quién vino!’, rio Carmen. La tensión explotó. Nos quitamos la ropa como locas.

La Mirada que lo Cambió Todo

Carmen me empujó contra la pared, besándome el cuello. ‘Sabía que nos espiabas, puta voyeur’, gruñó. Lola se unió, chupándome las tetas. ‘Te vimos en el balcón, cachonda’. Me arrodillé, abrí las piernas de Carmen. Su coño pelirrojo estaba chorreando. Lamí su clítoris, duro como una polla pequeña. Gemía fuerte: ‘¡Sí, joder, chúpame!’. Lola me metió dos dedos por detrás, follándome el culo. ‘Cállate o nos oye el casero’, jadeé entre lametones. Pero no podíamos. Carmen se corrió en mi boca, gritando, leche dulce salpicando. Cambiamos. Lola se sentó en mi cara, su culo perfecto ahogándome. ‘¡Come mi coño, vecina!’. Carmen sacó un consolador enorme, negro, vibrador. Me lo clavó de un golpe. ‘¡Aaaah! Duele rico’, chillé. Follando como animales, sudando, el piso olía a sexo. El consolo entraba y salía de mi coño empapado, chapoteando. Lola se frotaba contra mi lengua, corriéndose a chorros. ‘¡Me vengo, joder!’. Carmen aceleró, follándome brutal. ‘¡Te lleno de polla falsa!’. Exploté, piernas temblando, squirt por todo el sofá. Oímos pasos en el pasillo. ‘¡Shhh!’, pero seguíamos gimiendo. El placer del peligro nos hacía corrernos más fuerte.

El Secreto que Nos Quema

Al final, exhaustas, nos derrumbamos. Sudorosas, besándonos suaves. ‘Esto queda entre nosotras’, susurró Carmen, acariciándome el pelo. Asentí, sonriendo. Salí de allí flotando, coño palpitando.

Al día siguiente, en el pasillo. Pasos lentos. Nos cruzamos: Carmen, Lola y yo. Sonrisas cómplices, miradas que quemaban. ‘Buenos días, vecina’, dijo Lola, guiñando. Carmen rozó mi mano. ‘Hasta la próxima…’. El ascensor llegó. Subí con el secreto ardiendo en la piel, ya pensando en el balcón esa noche.

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