Vivo en un viejo edificio en Madrid, de esos con ascensor que cruje y pasillos estrechos donde oyes cada paso. Mis vecinos del 3º, los Garnier, son un matrimonio mayor. Él, parapléjico total, en silla de ruedas desde hace años, no habla, apenas mueve la cabeza. Un vegetal con ojos muertos. Ella, Martine, una morena robusta de unos 58, cara marcada, pelo con canas. Siempre seria, torturada. Yo soy Lola, 55, viuda reciente, abierta al sexo, adoro el morbo de lo prohibido, ser vista o pillar a otros.
Contraté al chico del 4º, Simón, un carpintero joven, musculoso, de 30, para arreglar mi balcón derruido. Vecino, barato, boca a boca. Llega con vaqueros rotos, sonrisa pícara. Empezamos un atardecer, vaciando trastos. Subo a la escalera, falda vieja, cojo latas del techo. Paso él debajo… noto su mirada. Levanta ojos, ve mis muslos gordos, mi braga blanca simple. Me giro, pillado. Sonrío, bajo rápido. ‘Perdón’, dice riendo. Sigo, pero el corazón late fuerte. Brisa fresca del balcón, luz filtrando persianas vecinas.
La mirada que lo cambió todo en el rellano
Días después, ayudo otra vez. Esta vez, sin bragas. Falda suelta. Subo, él pasa, mira. Ve todo: culo blanco enorme, raja peluda, coño expuesto. Trago saliva, él se queda tieso. No dice nada, pero ojos como platos. Bajo, cara roja. ‘¿Estás bien?’, pregunto. ‘Sí… joder, Lola’. Tensión eléctrica. Oigo pasos en pasillo, vecinos subiendo. Me mojo. Él coquetea con la cuidadora joven de Martine, rubia. Celos raros. Una noche, Martine ausente, la chica no viene. Invito a Simón a cena: ‘Para celebrar el avance’. Vino, ragoût. Hablamos. ‘Llámame Lola, no señora’.
Follada salvaje con el peligro de ser pillados
Alcohol sube. En sofá, TV zumbando bajo. Piernas abiertas, falda sube, bas sin calcetines. Muestro pubis peludo. ‘¿Me ves vieja?’, digo. Él traga. Río nerviosa. ‘Quiero follar como una cría’. Levanto pierna en reposabrazos, coño al aire, labios gruesos, húmedos. ‘Mira esta chochita flácida’. Él: ‘Joder, qué rica’. Me toco, dedos en pelitos. Se lanza. Manosea culo, mete cabeza entre muslos. Huele mi olor fuerte, feménil, lame cyprine. ‘¡Qué puta estás de jugos!’. Tiro falda, suelto tetas flojas. Él mama pezones, muerde. Me pone a cuatro, polla dura entra de golpe en coño chorreante. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’. Empotra, huevos golpean. Gimo alto, miedo oídos vecinos. Marido? No, pero su silla en rincón oscuro, ojos fijos. ‘Que mire cómo me la metes’. Él acelera, fustiga nalgas. ‘¡Tu coño aprieta como puta joven!’. Corro, grito: ‘¡Sí, me corro, leche dentro!’. Eyacula chorros calientes, lleno útero.
Se va, yo cuido marido. Froto su mano inerte en mi coño rebosante. ‘Siente su corrida, Paul’. Babéa. Mañana, pasillo. Simón baja, cruza mirada. Sonrisa cómplice. ‘Buenos días, Lola’. Toco culo disimulo, semen seca en bragas. ‘Otra noche?’. Asiente. Secreto quema, pasos eco, ascensor espera. Adoro este juego.