Era el atardecer, ese momento que adoro. El sol se hundía en el mar, tiñendo el cielo de naranja. Mi viejo edificio cerca de la playa estaba en silencio, solo el rumor lejano de las olas. Salí al balcón con un cigarro, los pies descalzos en el suelo fresco. Ahí estaba él, mi vecino del quinto, en el balcón de al lado. La luz filtraba a través de las persianas entreabiertas de su salón. Lo vi quitarse la camisa, el pecho moreno brillando de sudor. Se bajó los pantalones… joder, su polla semi-dura colgaba gruesa. Se apoyó en la baranda, empezó a pajearse despacio, los ojos cerrados, gimiendo bajito. Me quedé clavada, el coño ya palpitando. ¿Me vio? No sé, pero seguí mirando, mordiéndome el labio.
Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entró él, olor a colonia fuerte, sonrisa pícara. “Buenas, vecina…”, murmuró, rozando mi brazo al pulsar el botón. El aire se cargó, calor subiendo. Nuestros cuerpos casi pegados en ese cajón estrecho. Sentí su mirada en mis tetas, bajo la blusa fina. “Te vi anoche… en el balcón”, solté, voz temblorosa. Él rio bajito, eh… ¿sí? Su mano rozó mi culo. “¿Y qué viste?”. El ascensor pitó, pero no paró. Lo empujé contra la pared, besándolo con hambre. Lenguas enredadas, su polla endureciéndose contra mi vientre. “Ven a mi piso… ahora”, jadeó. La puerta se abrió, salimos corriendo, risas nerviosas.
La Mirada Voyeur y la Tensión en el Ascensor
Su puerta se cerró con un clic. Luz tenue de lámparas antiguas, aire salino del balcón abierto. Me arrancó la blusa, tetas al aire, pezones duros. “Joder, qué tetas tan ricas”, gruñó, chupándolos fuerte, mordiendo. Gemí alto, mierda, los vecinos… pero no paré. Le bajé los pantalones, su polla saltó, venosa, cabezota hinchada. La agarré, pajéendla dura. “Chúpamela, puta”, ordenó. Me arrodillé, lamí desde las bolas hasta el glande, saboreando el precum salado. La metí en la boca, profunda, garganta apretada. Él gemía, “¡Sí, así, trágatela toda!”. Me follaba la boca, manos en mi pelo. Me levantó, me tiró en el sofá verde viejo, coño empapado. “Mírate, chorreando”, dijo, metiendo dos dedos, removiendo. Grité, “¡Fóllame ya, coño!”.
Follada Brutal y el Secreto del Pasillo
Separó mis labios, lengua en el clítoris, chupando voraz. Me corrí rápido, jugos en su cara, cuerpo arqueado. Su polla entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. “¡Qué coño tan apretado!”, rugió, embistiendo brutal. Patadas de cama contra la pared, thump-thump. ¿Nos oyen? El riesgo me ponía más cachonda. Le clavé las uñas, piernas en su cintura. Cambiamos, yo encima, cabalgando, tetas rebotando. “¡Más fuerte, joder!”, pedí. Él me dio en el culo, rojo. Me puso a cuatro, entró por detrás, polla golpeando el culo. “Voy a correrme…”, avisó. “Dentro, lléname”, supliqué. Eyaculó caliente, chorros profundos. Yo exploté otra vez, gritando su nombre, oídos zumbando.
Horas follando, sudor, semen por todas partes. Al final, exhaustos en la cama satinada negra. “Esto es nuestro secreto”, susurró, besándome. Me fui de madrugada, piernas temblando. Al día siguiente, pasillo desierto, luz mañanera filtrando. Pasos… él. Nuestras miradas chocaron, sonrisa cómplice. Rozó mi mano, “Repetimos esta noche?”. Asentí, coño ya húmedo de nuevo. Ese secreto quema, delicioso.