Era una noche de verano en este edificio viejo de Madrid. Abrí la ventana de mi piso para que entrara aire fresco, el calor pegajoso me ahogaba. Del balcón de al lado, del quinto B, venían risitas bajas… y gemidos. La luz de una lamparita filtraba por las persianas mal cerradas. No pude resistir, me asomé un poco, el corazón latiéndome fuerte. Ahí estaba Carmen, mi vecina la morena flaca con corte garçon, tocándose el coño por encima de las bragas en el sofá del balcón. Sus dedos se movían rápidos, la cabeza echada atrás, mordiéndose el labio. ‘Joder…’, susurró sola, o eso creí. Me mojé al instante, el clítoris palpitándome. Ella giró la cabeza, me pilló mirando. Nuestras miradas se cruzaron, sonrió pícara, sin parar de frotarse. ‘¿Te gusta?’, articuló sin voz. Me escondí roja como un tomate, pero esa imagen me quemaba.
Días después, en el ascensor, solos. Ella entró oliendo a perfume dulce, falda corta, top ajustado. ‘Buenas noches, vecina curiosa’, dijo bajito, rozándome el brazo. Sentí un escalofrío. ‘Eh… lo siento, no quise…’, balbuceé. Se acercó más, el ascensor subiendo lento, chirriando. Su mano rozó mi cadera. ‘Me pone cachonda que mires. ¿Quieres ver de cerca?’. El aire se cargó, mi coño chorreando ya. Asentí, muda. Puertas abrieron en su piso, me cogió de la mano, tirando de mí al pasillo oscuro. ‘Shh, Lola duerme dentro’, susurró, abriendo su puerta. La barrera cayó ahí, en ese instante prohibido.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
Cerró de un portazo suave, me empujó contra la pared del pasillo de su casa. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Quítate las bragas’, ordenó ronca. Obedecí temblando, el suelo frío bajo mis pies. Me levantó la falda, metió dos dedos directos en mi coño empapado. ‘Joder, estás hecha un río’, gruñó, follándome con la mano rápido. Gemí alto, tapándome la boca. ‘Calla o nos oye todo el bloque’, dijo riendo bajito, pero aceleró, el pulgar en mi clítoris hinchado, frotando duro. Me corrí en segundos, las piernas flojas, chorros calientes bajándome por los muslos. ‘Ahora tú’, jadeé, arrodillándome. Le bajé los leggings, su coño afeitado brillando, olor a excitación fuerte. Lamí su raja de abajo arriba, chupando el clítoris como una loca. ‘Sí, así, méteme la lengua’, gimió ella, agarrándome el pelo, follando mi cara. Oí pasos en el salón… ¿Lola? El miedo me puso más caliente. Ella se corrió temblando, su jugo en mi boca, dulce y salado.
El clímax brutal y el secreto del pasillo
No paramos. Me tumbó en su cama, a oscuras, persianas entreabiertas. Se subió encima, tribbing puro: coño contra coño, resbaladizos, frotando clítoris a clítoris. ‘Fóllame fuerte’, supliqué, arañándole la espalda. Nuestros jugos mezclados, slap-slap húmedo, gemidos ahogados. ‘Me corro otra vez… ¡joder!’, gritó bajito ella, convulsionando. Yo exploté detrás, olas brutales, mordiéndome el brazo para no chillar. Sudadas, exhaustas, nos besamos lento, lenguas perezosas.
Al día siguiente, bajando la basura, nos cruzamos en el pasillo. Luz tenue, olor a café. Ella pasó rozándome, susurró: ‘Repetimos esta noche?’. Sonreí, guiñando: ‘Si no nos pillan…’. Ese secreto quema aún, cada mirada en el ascensor un fuego listo para estallar de nuevo.