Acababa de llegar a casa, eufórica por mis notas del examen. Mención notable, ¡joder! Me metí en la ducha, el agua caliente resbalando por mi piel. Pensaba en Javier, el vecino del 4º, ese moreno de ojos azules y culo perfecto que veía a veces por el balcón. Esa tarde, las persianas entreabiertas, lo pillé besando a su ex. Sus manos bajando por su falda, gemidos ahogados. Me mojé más que con la ducha. Salí, me puse una falda negra corta, top rojo escotado, tanga de encaje y medias hasta muslo. Maquillaje ligero, labios glossy. Lista para la fiesta improvisada en casa de Marcos, el vecino del 2º.
Emilie, mi amiga, me recogió. Subimos en su coche, pero al volver, el ascensor estaba averiado. Esperando, pasos en el pasillo. Javier apareció, sudado de gym, camiseta pegada al pecho. ‘¿Vas a la fiesta de Marcos?’, preguntó con sonrisa ladeada. ‘Sí… ¿tú?’, balbuceé, el corazón latiendo fuerte. Sus ojos bajaron a mis piernas. ‘Claro, voy a pasarlo bien’. El ascensor llegó, entramos solos. Silencio pesado, su brazo rozando el mío. Olía a colonia y sudor. Puertas cerrándose, bajé la mirada, vi el bulto en sus pantalones. ‘Estás… guapísima esta noche’, murmuró, su mano en mi cintura. No pude resistir, me giré y lo besé. Sus labios duros, lengua invadiendo. ‘Joder, Carla, llevo semanas fantaseando contigo’, gruñó. La barrera cayó ahí, en ese cubículo metálico. Pulsé stop entre pisos.
La mirada voyeur y la tensión que estalla
Sus manos subieron mi falda, arrancando las medias. ‘Quieta, que nos oyen los vecinos’, susurré, pero él ya tenía la polla fuera, dura como piedra, venosa, goteando precum. Me bajó la tanga, dedos hurgando mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta cachonda’. Me giró contra la pared, el metal frío en mis tetas. Escupió en su mano, lubricó su verga y me la clavó de un empujón. ‘¡Ahhh!’, gemí, mordiéndome el labio. Follando duro, polla entrando y saliendo, chapoteos obscenos. ‘Cállate o nos pillan’, jadeó, tapándome la boca. Pero yo empujaba el culo contra él, clítoris frotando. Sus pelotas golpeando mi culo, ritmo brutal. ‘Me corro… joder’, siseó, acelerando. Yo exploté primero, coño contrayéndose, chorros calientes. Él se vació dentro, condón salvándonos. Sudados, temblando. Subimos a su piso, entramos a su piso a hurtadillas.
El polvo brutal y el secreto ardiente
Allí, en su cama, segundo asalto. Desnuda, tetas al aire, pezones duros. Me comió el coño, lengua en el clítoris, dedos en el ano. ‘Sabes a miel, zorra’. Me monté encima, cabalgando su polla gorda. ‘¡Fóllame fuerte!’. Gemidos altos, cama crujiendo. Miedo a que los vecinos oyeran, pero eso me ponía más. Él me dio la vuelta, a lo perrito, nalgadas rojas. ‘Tu coño es mío ahora’. Me corrí gritando bajito, él eyaculando chorros en mi boca, tragando todo. Exhaustos, abrazados, sudor pegajoso.
Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Él con sonrisa pícara, yo ruborizada, piernas doloridas. ‘Buen día, vecina’, guiñó. Pasé de largo, pero mi coño palpitó. Nuestros vecinos, ajenos al secreto. El ascensor nunca fue tan excitante.