Ay, chicas, os cuento lo que me pasó hace dos noches con el vecino del 4ºB. Yo vivo en el 5ºA, justo encima. Es un tío fuerte, de esos con hombros anchos y manos grandes, siempre con esa barba de tres días que me pone. Lo vi por primera vez de verdad una noche fría de invierno. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire helado me erizaba la piel, y miré abajo. Las luces de su salón filtraban por las persianas mal cerradas. Ahí estaba él, quitándose la camisa después del gym. Sus músculos brillaban de sudor, el pecho ancho subiendo y bajando. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero sentí un calor entre las piernas.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró con bolsas de la compra, oliendo a jabón fresco. Nuestros brazos se rozaron, el espacio tan pequeño. ‘Buenas’, murmuró con voz grave. Yo, ‘Hola, qué frío hace, ¿no?’. Silencio pesado, sus ojos bajando por mi escote. Sentí sus pasos pesados cuando salimos, el eco en el pasillo. Esa noche, no pude más. Toqué el timbre de su puerta, pretextando azúcar. Me abrió en pantalón de chándal, sin camiseta. ‘Pasa, no muerdo’, dijo con sonrisa pícara. Entré, el calor de su piso me envolvió, olía a madera y a él.
La Mirada Inesperada y la Tensión en el Ascensor
Nos sentamos en el sofá, un vino en mano. Hablamos de tonterías, pero la tensión crecía. Sus rodillas rozaban las mías, el roce eléctrico. ‘Te vi anoche en el balcón’, soltó de repente. Me ruboricé, ‘¿Y tú a mí quitándote la ropa?’. Se rio bajito, se acercó. Sus labios rozaron mi cuello, aliento caliente. ‘Shh, no hagas ruido, los vecinos…’. Pero ya estaba perdida. Sus manos grandes subieron por mis muslos, bajo la falda. Gemí suave, mordiéndome el labio.
Me tumbó en el sofá, arrancándome las bragas. ‘Estás empapada, puta’, gruñó, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Jadeé, arqueándome. El ruido de sus dedos chapoteando, mi humedad resbalando. ‘Cállate o nos oyen’, susurró, pero me follaba la boca con la lengua mientras sus dedos me abrían. Se bajó el pantalón, su polla gruesa saltó, venosa, cabezona. La chupé ansiosa, saboreando el precum salado, garganta profunda hasta ahogarme. Tosí bajito, él me agarró el pelo: ‘Trágatela toda, zorra’.
El Folleteo Brutal y el Silencio Cargado de Placer
Me puso a cuatro patas, el sofá crujiendo. Entró de golpe, su polla partiéndome el coño. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Embestía fuerte, piel contra piel, plaf plaf plaf. Yo ahogaba gemidos en la almohada, el placer quemándome. ‘Más, rómpeme’, suplicaba entre dientes. Sus huevos chocaban mi clítoris, sudados. Me giró, piernas sobre hombros, follando profundo. Sentí su polla hincharse, mis paredes apretándolo. ‘Me corro, llena mi coño’, imploré. Él aceleró, gruñendo: ‘Toma mi leche, puta’. Eyaculó chorros calientes, desbordándome. Yo exploté, orgasmos en olas, uñas en su espalda, mordiendo para no gritar. El riesgo de los vecinos oyéndonos… puro vicio.
Después, nos quedamos jadeando, sudor pegándonos. Me besó suave, ‘Eres increíble’. Me fui de madrugada, piernas temblando, su semen goteando. Al día siguiente, en el pasillo. Pasos lentos, nos cruzamos. Sus ojos brillaron, sonrisa cómplice. ‘Buenos días, vecina’, dijo normalito, pero su mano rozó mi culo disimulado. Yo, ruborizada, ‘Igualmente’. El ascensor se cerró, solos un segundo. ‘Esta noche más?’, susurró. Asentí, el secreto ardiendo entre nosotros. Ay, qué adicción este prohibido.