Me llamo Laura, vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran y paredes finas. Soy de las que no se corta, me flipa el morbo de espiar, el riesgo de que te pillen. Mis vecinos del quinto, Pablo y su tía buena, siempre me han puesto. Él es alto, musculoso, con esa barba que raspa justo bien. La he visto varias veces por la ventana, follando como animales, sus gemidos filtrándose por las rendijas de las persianas. El otro día, el aire fresco del pasillo me erizó la piel mientras bajaba las escaleras, y zas, coincidimos en el ascensor.

Estábamos solos, el zumbido del motor subiendo lento. Él entró oliendo a colonia fuerte, sudado del gym. ‘Buenas, Laura’, dijo con esa voz grave, ojos clavados en mi escote. Yo llevaba un vestido ligero, sin sujetador, pezones marcando. ‘Hola, Pablo… ¿subiendo?’, balbuceé, el corazón latiéndome fuerte. Se acercó, el espacio chiquito, su aliento en mi cuello. ‘Sí, pero… joder, no aguanto más verte así’. Sus manos en mi cintura, yo noté su polla dura contra mi culo. Dudé un segundo, eh… ¿y si alguien entra? Pero el botón de parada, pulsado. Puertas cerradas, luz parpadeante.

La tensión que estalló en el ascensor

La barrera saltó. Me giré, le besé con lengua, mordiendo su labio. ‘Fóllame aquí, cabrón’, susurré, voz ronca. Manos por todas partes, vestido arriba, tanga a un lado. Él gruñendo: ‘Estás empapada, puta vecina’. Dedos en mi coño, resbalando, yo arañándole la espalda. El ascensor temblaba un poco, ¿ruido? Pasos en el pasillo de arriba, nos paramos en seco, jadeando. ‘Shh…’, pero la risa nerviosa, el peligro nos encendió más.

El polvo brutal y el regreso al silencio

Bajó los pantalones, polla gorda, venosa, palpitando. Me levantó contra la pared, piernas abiertas, entró de un empujón. ‘¡Ahhh, joder!’, gemí fuerte, sin filtro. Follando duro, culazos profundos, mi coño chorreando por sus huevos. ‘Cállate o nos oyen’, murmuró, tapándome la boca, pero yo mordí su mano, gimiendo contra ella. Sudor goteando, olor a sexo crudo, el metal frío en mi espalda. Él acelerando: ‘Me vengo, Laura…’. Chorros calientes dentro, yo temblando en un orgasmo brutal, uñas clavadas, ‘¡Sí, lléname!’. El ascensor pitó, piso equivocado, paramos sudados, riendo bajito.

Nos arreglamos rápido, él pulsó su piso. Salí en el mío, piernas flojas, coño palpitando con su leche. Al día siguiente, pasillo estrecho, luz mortecina filtrando por las bombillas. Él bajando la basura, yo con la compra. Nuestras miradas cruzaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, dijo guiñando. Yo acerqué, susurré: ‘Con tu semen dentro, cómo no’. Rozamos manos, secreto quemando. Sus vecinos pasando, ajenos. El ascensor vacío nos llama, pero hoy… solo una promesa en los ojos. Ese morbo vecinal, infinito.

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