Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día con mis vecinos del quinto. Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con balcones que se miran de reojo. La luz de la tarde filtra por las persianas, y el otro día… vi algo que me puso a mil. Él, el marido, un tío mayor, panzudo, con pinta de no levantarla ni con grúa. Ella, una rubia tetona, con curvas que matan, gimiendo de frustración en el balcón. La pillé tocándose el coño por debajo de la falda, mirando al vacío, mientras él roncaba dentro. El aire fresco del atardecer le erizaba la piel, y yo… yo me mojé solo de verla. Pensé: ‘Pobre, necesita una buena polla de verdad’.

Al día siguiente, pasos en el pasillo. Bajo en el ascensor, viejo y chirriante, y zas, se mete ella. Olor a perfume barato y sudor. Nuestras miradas se cruzan. ‘Hola, vecina’, dice con voz ronca, ehm… apretando el botón del bajo. El ascensor arranca con un traqueteo. Estamos solas, el espacio chico, su pecho subiendo y bajando. ‘Hace calor, ¿no?’, suelta, y se abanica con la mano, rozándome el brazo. Siento su calor, su falda ceñida marcando el culo. Yo, que soy de las que no se corta, le digo: ‘Sí, mucho… ¿Todo bien por arriba?’. Ella ríe bajito, nerviosa. ‘Mi marido… no da la talla, ya sabes’. El ascensor para en el tercero, nadie sube. Silencio. Su mano roza mi muslo. ‘¿Quieres subir un rato?’, pregunto. ‘Ahora’, murmura, pulsando el botón de parada de emergencia.

La mirada que lo cambió todo

La barrera cae. Puertas cerradas, luz tenue parpadeando. Se lanza sobre mí, besos húmedos, lengua ansiosa. ‘Fóllame, por favor, necesito tu polla dura’. Le arranco la blusa, tetas siliconadas saltando libres, pezones duros como piedras. Le bajo la falda, sin bragas, coño empapado, hinchado de ganas. ‘Estás chorreando, puta’, le digo, metiendo dos dedos. Gime fuerte: ‘¡Sí, métemela toda!’. La empujo contra la pared metálica, fría contra su espalda caliente. Le bajo los pantalones, mi polla tiesa como una barra de hierro. Se agacha, me la mete en la boca, chupando con hambre, saliva goteando. ‘Qué rica polla, más grande que la de él’. La cojo del pelo, follo su garganta hasta que tose.

El clímax en la oscuridad

La pongo de espaldas, piernas abiertas. Entro de un golpe, coño apretado tragándosela entera. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruño. Empujo fuerte, cachetazos en el culo resonando en el ascensor. Ella jadea: ‘Más, rómpeme el coño, que nos oigan’. Placer del riesgo, vecinos arriba, abajo… pasos lejanos en el pasillo. Le pellizco los pezones, la mamo el cuello. Cambio, la siento encima, cabalgando salvaje, tetas botando. ‘Me corro, me vengo en tu polla’, grita ahogada. Yo aguanto, la giro, la penetro por el culo. ‘¡Ahí no, pero sí, fóllame el ojete!’. Lubricado con su jugo, entro despacio, luego brutal. Gemidos ahogados, mordiéndonos. Me vacío dentro, leche caliente llenándola, ella temblando en orgasmo múltiple. Sudor, olor a sexo crudo, el ascensor oliendo a puta en celo.

Paramos el botón, subimos oliendo a folleteo. ‘Hasta mañana’, susurra con guiño. Al día siguiente, pasillo estrecho. Nos cruzamos, ella con bata, yo con bolsas. Mirada cómplice, sonrisas sucias. ‘Buen día, vecina’, digo bajito. Ella pasa rozándome, mano en mi paquete: ‘Repetimos esta noche?’. El secreto quema, el pasillo vacío testigo. Vivo para esto, el morbo del vecino, el polvo prohibido.

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