Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó la semana pasada con mi vecino del quinto. Soy nueva en el edificio, acabo de mudarme al tercero, y desde el primer día lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa de casado infiel que te pone la piel de gallina. Su piso da al mío por el pasillo, y una noche, mirando por la ventana entre las persianas, lo pillé en su balcón fumando, con la camisa abierta dejando ver ese pecho peludo. El aire fresco de la noche traía su olor a colonia cara. Me quedé ahí, quieta, con el corazón latiendo fuerte, imaginando sus manos en mí.

Al día siguiente, en el ascensor. Estaba sola, con mi falda ajustada y blusa escotada porque hace calor, ¿sabéis? Entra él, sudado de gym, con pantalones de chándal que marcan paquete. ‘Buenas tardes, vecina’, dice con voz grave. Nuestros brazos se rozan, el ascensor sube lento, zumbando. Siento su mirada en mis tetas, y yo miro su braga hinchada. ‘¿Nueva?’, pregunta. ‘Sí, me mudo al 3B’, respondo mordiéndome el labio. El ascensor para en mi piso, pero él pulsa el quinto. ‘Si necesitas algo… soy Javier’. Sus ojos dicen más. Salgo temblando, coño mojado.

La chispa en el ascensor y el ascenso al ático

Esa noche, ruido en el pasillo. Pasos suaves, como si alguien dejara algo en mi puerta. Encuentro un sobre: una llave vieja y una nota: ‘¿Has subido al ático?’. El corazón me va a mil. El ático del edificio es zona chunga, polvoriento, para trastos. ¿Juego suyo? Subo en secreto, el ascensor cruje, luz tenue filtrándose por las claraboyas. Abro con la llave una puerta escondida. No es un trastero: sofá viejo, botella de cava abierta, luz suave. Huele a sexo viejo y cuero. Me siento, nerviosa, oyendo pisadas lejanas en el edificio.

La puerta se abre. Es él, Javier, con camisa desabotonada. ‘Sabía que vendrías’, dice sonriendo. Cierro los ojos, el pulso acelerado. Se acerca, me pone una copa en la mano. ‘Relájate, preciosa. Esto es nuestro secreto’. Bebemos, sus dedos rozan mi muslo. ‘Te vi anoche, mirándome’, susurra. La tensión explota. Me besa duro, lengua dentro, manos en mi culo. ‘Joder, qué tetas’, gime arrancándome la blusa. Caigo de rodillas, le bajo el pantalón. Su polla sale dura, gorda, venosa. ‘Chúpamela, vecinita’. La meto en la boca, chupando fuerte, saliva goteando. Él gime alto, ‘¡Coooño, sí!’, y yo pienso: ‘Cállate, que nos oyen los del cuarto’.

El clímax brutal y el secreto compartido

Me pone a cuatro patas en el sofá, falda subida. ‘Voy a follarte como una puta’, gruñe. Escupe en mi coño, mete dedos, me hace gemir bajito. Entra de golpe, su polla me parte, embiste salvaje. Plaf, plaf, plaf contra mi culo. ‘¡Qué apretada estás!’, jadea. Yo muerdo el cojín para no gritar, pero gimo: ‘Más, joder, fóllame fuerte’. Sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. Me da la vuelta, piernas abiertas, me come el coño con lengua experta, chupando clítoris hasta que tiemblo. Vuelve a metérmela, tetas rebotando, pellizcándome pezones. ‘Me corres dentro’, suplico. Él acelera, ‘¡Toma, puta vecina!’, y explota, leche caliente llenándome. Yo me corro gritando bajito, uñas en su espalda.

Nos quedamos jadeando, él besándome el cuello. ‘Vuelve mañana’, dice. Me visto rápido, salgo temblando, el pasillo vacío pero con eco de nuestros gemidos en mi cabeza. Al día siguiente, en el ascensor otra vez. Él entra, ojos brillantes. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, pregunta con sonrisa pícara. Asiento, coño palpitando aún. Nuestras manos se rozan, secreto ardiendo. ‘Esta noche, ático’, susurra. Bajo en mi piso, piernas flojas, sabiendo que el peligro nos pone más cachondos. Dios, qué vicio este vecino.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *