Me llamo Laura, tengo 38 años y vivo en un viejo edificio en el centro. Pelo corto negro, ojos grises que matan, cuerpo atlético de tanto gym. Adoro el morbo de mirar, de que me pillen, ese pellizco en el estómago cuando el peligro acecha.
Todo empezó una mañana de junio. El calor ya picaba. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, con la bata entreabierta, cuando lo vi. Mi vecino del quinto, un chaval de unos 22, bajito pero puro músculo, salía al suyo en bóxers. La luz del sol filtraba por las persianas mal cerradas de su baño. Se quitó el bóxers y… joder, qué polla más gorda. Media tiesa, se la meneaba despacio mirando el móvil. Sus huevos peludos colgaban pesados. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. Él no me vio, pero yo sí. Sentí mi coño humedecerse al instante.
La mirada prohibida desde mi ventana
Los días siguientes, coincidencias. En el ascensor. “Buenos días”, le dije el primero, oliendo su sudor fresco de gym. Él sonrió, ojos bajando a mis tetas firmes bajo la camiseta ajustada. Silencio pesado, el zumbido del ascensor, nuestros cuerpos cerca. El aire cargado. Otro día, se subió sudado, camiseta pegada al pecho definido. Nuestras manos rozaron. “Hace calor, ¿eh?”, murmuró. Asentí, mordiéndome el labio. La tensión crecía, como si fuéramos a explotar.
La tercera vez, el ascensor se paró entre pisos. Luces parpadeando, oscuridad. “Mierda”, dijo él. Yo, ya empapada, me pegué a él. “Tranquilo, vecino”. Mi mano bajó directa a su paquete. Duro como piedra. Él jadeó, me besó salvaje, lengua dentro. Le bajé los pantalones, saqué esa polla venosa, cabezota hinchada. Me arrodillé, el suelo sucio rozándome las rodillas. Se la chupé honda, saliva goteando, sus gemidos retumbando. “Joder, Laura, qué boca”. El ascensor temblaba, miedo a que arrancara.
El clímax en el ascensor y el secreto del pasillo
Me levantó, me puso contra la pared. Pantalones abajo, tanga a un lado. Mi coño depilado chorreaba. “Fóllame ya”, supliqué. Entró de un empujón, polla gruesa abriéndome entera. Golpes brutales, tetas botando libres. Clavé uñas en su espalda, mordiéndome para no gritar. Él me tapaba la boca, pero lamía mis pezones duros. “Tu coño aprieta como puta”, gruñía. Sentía su rabo hinchándose, mis jugos resbalando por las piernas. El olor a sexo llenaba el cubículo, sudor mezclado. Orgasmos seguidos: yo temblando, él corriéndose dentro, leche caliente llenándome.
El ascensor arrancó justo al acabar. Nos subimos la ropa a toda prisa, riendo nerviosos. Bajamos en mi planta. Puerta cerrada, beso rápido. “Mañana más”, susurró.
Al día siguiente, pasillo desierto. Pasos lejanos. Nos cruzamos, mirada cómplice. Él con esa sonrisa de quien sabe el secreto. Yo, piernas flojas recordando su semen goteando aún. “Buenas”, dije casual. Él rozó mi mano: “Sí, muy buenas”. El ascensor pitó vacío. Corazón acelerado otra vez. Este edificio es un puto paraíso.