Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó anoche con Lucien, el escritor del ático. Ese tipo desaliñado que siempre anda con libros y una copa en la mano. Bueno, ahora está más tieso, desde que Pichon lo acoge para desintoxicarse. Yo soy Maria, la portera, siempre atenta a todo en este viejo edificio del 19ème. Anoche, estaba en mi portería, el aire fresco del patio entrando por la ventana entreabierta. Oí pasos pesados en el pasillo del quinto, tac-tac-tac, como si arrastrara los pies. Miré por la rendija de la persiana… y ahí estaba él, Lucien, apoyado en la pared, fumando un cigarro a escondidas. La luz del farol del patio filtraba amarilla, iluminando su cara barbuda, y… joder, vi el bulto en sus pantalones. Se ajustaba la polla, medio dura, murmurando algo. Me mojé al instante, el corazón latiéndome fuerte. Ese frisson de espiar al vecino, prohibido, tan cerca.
Subí las escaleras despacio, el eco de mis tacones resonando. ‘¿Qué haces fumando aquí, Lucien?’, le dije, fingiendo enfado. Él se giró, ojos vidriosos pero con un brillo. ‘Maria… eh, solo aire fresco. ¿Y tú, portera curiosa?’. Sonreí, acercándome. Olía a tabaco y a hombre sudado. ‘Te vi desde abajo, cabrón. Parecías… excitado’. Se rió bajito, tirando la colilla. ‘¿Sí? Esta noche hay fiesta arriba, pero solo ruido’. Nuestras miradas se clavaron, el pasillo vacío, solo el zumbido de una bombilla. Su mano rozó mi cadera, accidental… o no. ‘Cuidado, que nos pillan’, susurré, pero no me aparté. El ascensor pitó al fondo, abriéndose solo. ‘Sube conmigo’, dijo ronco. Entramos, la puerta se cerró con un clonc metálico. El espacio chico, su cuerpo pegado al mío.
La mirada indiscreta y la chispa en el pasillo
El ascensor bajó lento, temblando un poco. ‘Maria, joder, desde que te vi la primera vez…’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Yo, con mi falda ajustada, sentí su polla dura contra mi culo. ‘Shh, Lucien, y si para…’. Pero pulsó el botón de stop. Luz roja parpadeando, el motor gimiendo. Me giré, lo besé feroz, lenguas enredadas, sabor a ron y humo. Le bajé la cremallera, saqué esa verga gruesa, venosa, palpitando. ‘¡Qué polla más gorda!’, gemí, acariciándola. Él me levantó la falda, rompió mis bragas de un tirón. Dedos en mi coño empapado, chorreando. ‘Estás chorreando, puta vecina’. Me empotró contra la pared, frío metal en la espalda. Entró de golpe, ¡zas!, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ay, coño, rómpeme!’, grité bajito, mordiéndome el labio. Follando duro, plac-plac-plac, el ascensor vibrando con cada embestida. Sus huevos golpeando mi culo, sudor goteando, olor a sexo crudo. ‘Cállate, que nos oyen los del piso’, jadeó, pero me follaba más fuerte, yo arañándole la espalda. Me corrí primero, coño apretando su polla, chorros calientes por las piernas. Él gruñó, ‘Me vengo…’, y me llenó de leche caliente, salpicando dentro. Aguantamos jadeando, pegados, el peligro de que alguien pulsara el botón…
Pulsó start, bajamos al portal temblando. ‘Hasta mañana, Maria’, susurró con guiño. Salí como si nada, piernas flojas. Hoy, cruzando el pasillo, nos miramos. Él con su libro, yo con la escoba. ‘Buen día, Lucien’, dije pícaramente. Él sonrió, ‘El mejor’. Ese secreto quemándonos, el pasillo testigo mudo. Ay, el placer del prohibido, tan cerca de casa. ¿Repetimos esta noche?