Era un soleado tarde de verano, en nuestro bloque de apartamentos. Yo, Sol, estaba sola en casa, mi marido trabajando fuera. Decidí broncearme en el balcón, ese rinconcito semioculto por las persianas. Me quité el bikini… uf, qué gusto sentir el sol en las tetas firmes y el coño depilado, solo con ese triángulo de vello oscuro. El aire cálido me erizaba la piel, me acariciaba los pezones duros.

Arriba, en el piso de al lado, dos vecinos jóvenes, Kevin y Chris, hacían reformas. Los oía martillear, sudar. De reojo, vi que abrían la ventana para ventilar la humedad de la máquina de vapor. Se quitaron las camisetas, delgados, fibrosos… y de pronto, se pararon. Me miraban. Sentí sus ojos clavados en mi cuerpo desnudo. ‘Joder, la puta…’, murmuró uno, bajo pero audible por el silencio del patio.

La mirada furtiva y la tensión que sube

No me moví, al contrario, me excité. Me pasé las manos por las tetas, bajé al monte de Venus… gemí bajito. Ellos, pillados, se desvistieron del todo. Pollas semierguidas colgando. Fingían trabajar, pero volvían a la ventana, pajeándose disimuladamente. El corazón me latía fuerte, ¿y si alguien más veía? Ese riesgo me ponía a mil.

Me levanté, me puse una bata ligera y subí por las escaleras –el ascensor estaba estropeado–. Pasos en el pasillo, jadeos ahogados. Llamé a su puerta. ‘¿Qué hacéis así, a pelo?’, dije entrando. La habitación humeaba, llena de vapor. Sus pollas tiesas, enormes. ‘Hace calor, Sol…’, balbuceó Kevin. Chris tragó saliva: ‘Te… te vimos, estabas… tocándote’.

El polvo crudo y el morbo de ser descubiertos

La barrera cayó. ‘¿Y qué? Vosotros también os estabais meneando la polla mirándome. Seguid, no paréis’. Me quité la bata, me tumbé en su mesa de trabajo. El vapor nos empapaba, sudor y humedad mezclados. Me abrí el coño con los dedos, masturbándome delante de ellos. ‘Venga, pajearos fuertes, quiero ver cómo corréis’. Ellos obedecieron, puños rápidos en sus vergas gruesas, venas hinchadas. Yo aceleré, clítoris palpitando, tetas rebotando.

‘Joder, qué coño tan rico…’, gruñó Chris subiendo al andamio. Kevin contra la ventana. El slap-slap de sus manos, mis gemidos… miedo a que los del piso de abajo oyesen. Pero eso me volvía loca. Eyacularon casi juntos: chorros blancos espesos salpicando el suelo. Yo exploté, chorro mojando la mesa, piernas temblando.

Al día siguiente, en el pasillo angosto, nos cruzamos. Kevin sonrió pícaro: ‘Buen bronceado, Sol’. Chris rozó mi mano: ‘Repetimos hammam?’. Bajé la vista a sus pantalones abultados. Ese secreto ardiente nos quemaba. ‘Chitón’, susurré, mordiéndome el labio. El ascensor pitó, entramos… puertas cerradas, sonrisas cómplices.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *