Vivo en un viejo edificio en Madrid, de esos con ascensor que cruje y paredes finas. Mi vecino del quinto, Javier, es un tipo de unos 35, alto, con ojos verdes y cuerpo de gym. Lo vi por primera vez hace meses, desde mi balcón. Esa noche, la luz de su ventana filtraba por las persianas. Oí gemidos… su silueta moviéndose contra una mujer. El aire fresco del balcón me erizó la piel, y me quedé mirando, tocándome despacio. Desde entonces, cada cruce en el pasillo era eléctrico. ‘Buenas noches, Marta’, decía él, con esa sonrisa. Yo respondía, mordiéndome el labio, sintiendo el calor entre las piernas.
Ayer, volvía tarde del trabajo. Pasos en el pasillo, eco hueco. El ascensor se abrió, él dentro, solo. ‘Sube’, murmuró. Entré, el espacio chico, su olor a colonia y sudor. Puertas cerradas, bajamos… no, subíamos al quinto. Silencio pesado. Nuestras miradas chocaron en el espejo. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, dijo, voz ronca. Asentí, el corazón latiéndome fuerte. Su mano rozó mi culo ‘por accidente’. Me giré, ‘Javier…’. Él me empujó contra la pared, boca en mi cuello. ‘No aguanto más verte pasar’. Sus labios duros, lengua invadiendo. Gemí bajito, miedo a que parara en otro piso. Manos bajo mi falda, dedos en mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó. Le bajé la cremallera, su polla saltó, gorda, venosa, palpitando.
La mirada que lo cambió todo en el pasillo
El ascensor pitó, pero pulsó stop. ‘Aquí te follo’. Me volteó, falda arriba, tanga a un lado. Su polla rozó mi coño, resbaladizo. ‘¡Joder, métela ya!’, supliqué. Empujó de un golpe, rompiéndome, llena hasta el fondo. Gruñí, mordiéndome el puño para no chillar. Me taladraba, rápido, brutal, huevos chocando contra mi clítoris. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeaba él, una mano en mi teta, pellizcando el pezón. Sudor goteando, olor a sexo llenando el cubo metálico. Oí voces fuera, vecinos… el pánico me excitó más. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, acelerando. Me corrí primero, piernas temblando, coño convulsionando alrededor de su verga. Él siguió, ‘Me vengo… agárrate’. Chorros calientes dentro, semen rebosando por mis muslos. Sacó, polla brillando, y me besó, jadeantes.
Pulsó el botón, se recompuso. Bajé en mi piso, piernas flojas, corrida goteando. Dormí con su sabor en la boca. Hoy, en el pasillo, cruce matutino. Luz tenue, pasos lentos. Nuestras miradas… fuego puro. ‘Buenos días, vecina’, sonrió pícaro, rozándome el brazo. Sentí mi coño palpitar de nuevo. ‘Hasta pronto’, respondí, guiñando. Nadie sabe, pero el edificio guarda nuestro secreto. El ascensor ya no es el mismo.