Ayer por la tarde, volvía del gym sudada, con el corazón latiendo fuerte. El pasillo del quinto estaba en silencio, solo el eco de mis zapatillas contra el suelo. De repente, oí risas ahogadas detrás de la puerta del 5B. Mi vecino, ese moreno alto con ojos que te desnudan, salía justo cuando yo pasaba. Nuestras miradas chocaron. Él con una sonrisa pícara, yo sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
Llevaba semanas notándolo. Desde la ventana de mi balcón, lo veía a veces en el suyo, fumando sin camiseta, el pecho ancho brillando bajo el sol. Una noche, juraría que lo pillé tocándose, la mano moviéndose lento bajo los shorts. Me quedé paralizada, mi coño empapándose solo de imaginarlo. Él sabe que lo miro, lo noto en cómo me saluda en el ascensor, rozándome ‘sin querer’.
La tensión que estalló en el edificio
Hoy, subiendo juntas las bolsas de la compra, el ascensor se paró entre pisos. Luz tenue, aire cargado. ‘¿Qué coño pasa?’, murmuró él, acercándose. Su aliento caliente en mi cuello. Yo, con la falda corta que me puse sabiendo que nos cruzaríamos, sentí su mano en mi muslo. ‘No deberíamos…’, dije, pero mi voz temblaba de ganas. Él rio bajito: ‘¿Y si sí?’. Sus dedos subieron, rozando mi tanga ya mojada. El ascensor dio un brinco y seguimos. Bajé en mi piso con las piernas flojas, el corazón desbocado.
Media hora después, un wasap: ‘Ven al 5B. Ahora’. No lo pensé. Llamé suave a su puerta. Me abrió en calzoncillos, la polla medio dura marcándose. Me metió dentro de un tirón, cerrando con llave. ‘Te he visto mirándome, puta curiosa’, gruñó, empujándome contra la pared. Sus labios devoraron los míos, lengua invasora, manos arrancándome la blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él los mordió fuerte, yo gemí alto, joder, sin importarme los vecinos.
‘Chúpamela’, ordenó, bajándose los calzoncillos. Esa verga gruesa, venosa, saltó libre. Me arrodillé, el suelo frío contra mis rodillas. La lamí desde la base, saboreando el sudor salado. ‘Así, zorra, trágatela toda’. La metí hasta la garganta, ahogándome en jugos, él agarrándome el pelo. Me levantó, me dio la vuelta contra el sofá. ‘Abre las piernas’. Mi coño chorreaba, labios hinchados. Metió dos dedos, follándome con ellos, el ruido chapoteante llenando la habitación. ‘Estás empapada, vecina guarra’.
El regreso con el secreto ardiendo
No aguanté más. ‘Fóllame ya’. Me penetró de un empellón, la polla abriéndome en dos. Grité, placer y dolor mezclados. Me taladraba salvaje, huevos golpeando mi culo. ‘Cállate o nos oyen’, jadeó, tapándome la boca. Pero yo mordí su mano, arqueándome para que entrara más hondo. Sudor goteando, cuerpos chocando con palmadas húmedas. El balcón abierto dejaba entrar el aire fresco, miedo a que alguien mirara. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, clítoris frotándose en su pubis. ‘Me corro…’, susurré. Él debajo, pellizcándome el culo: ‘Hazlo, moja mi polla’. Explosión: mi coño contrayéndose, chorros calientes bajando por sus huevos. Él rugió, llenándome de leche espesa, palpitando dentro.
Agotados, tumbados en el suelo, respirando entrecortado. ‘Vuelve cuando quieras’, murmuró, besándome el hombro. Me vestí temblando, semen goteando por mis muslos, la falda arrugada.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con el periódico, yo con la compra. Nuestras miradas: fuego puro. ‘Buenos días, vecina’, dijo con voz normal, pero su mano rozó la mía. Sonreí, sintiendo el secreto quemándome el coño. El ascensor pitó, subimos solos. Silencio cargado. Sé que pasará otra vez.