Me llamo Carmen, dueña de una boutique de lencería fina en el barrio de Salamanca, Madrid. Tengo el piso justo encima, en este edificio mixto de ricos estirados y gente normal. Vivo el morbo del vecindario, ese cosquilleo de lo cerca y lo prohibido. Soy abierta al sexo, me flipa el riesgo de que nos pillen, el placer de mirar o ser mirada.
Ayer, después de una junta de vecinos tensa –el viejo Martínez otra vez quejándose de mis maniquíes ‘indecentes’–, lo vi. A su hijo, Pablo, 19 años, flaco, con granos y esa postura encorvada de internado jesuita. Se paró frente a la vitrina, devorando con los ojos el maniquí con corsé negro y medias. Sus padres lo quieren curita, pobrecito. Yo, con mi falda corta, medias finas y escote generoso, salí disparada.
La mirada culpable ante la vitrina
—Ey, Pablo, ¿qué tal? Hace tiempo que no te veo. ¿Te gusta ese modelo? Pasa, anda, charlamos dentro.
Lo agarré del brazo, entró rojo como un tomate. Cerré la puerta, puse el cartel de ‘Cerrado’. Lo senté en el sillón mullido, rodeado de tangas abiertas y dildos elegantes. Me subí al mostrador enfrente, piernas cruzadas alto, dejando ver la liga.
—¿Buscas algo para tu novia? Esa corsé es una pasada, me la pongo yo. ¿Qué talla tiene ella?
Bredouilló, sudando. Le pedí que midiera con las manos el pecho del maniquí. Se levantó nervioso, se dio en la cabeza con una estantería y ¡zas!, cayó KO en el sillón.
Mierda. Saqué coñac del mini-bar. Al inclinarme, vi el bulto en sus pantalones. ¡Joder, qué paquete! Puño seguro. Cerré con llave, el corazón latiéndome fuerte. ¿Y si oyen ruido arriba? Bajé la cremallera despacio, el sonido metálico en el silencio. Saqué su polla: gruesa, venosa, 25 cm fácil, capullo medio tapado, oliendo a macho joven. Me mojé al instante. Remonté mi falda, toqué mi coño por encima del tanga, sintiendo el calor subir.
Puse el sillón frente a él, quité un zapato. Mi pie en nylon rozó su verga flácida. Caliente, suave. Se endureció sola, frotándose contra mi planta, las bolas contra el talón. Uf, qué pollazona. Me mordí el labio, metí dedos en mi tanga, círculos en el clítoris hinchado, pubicidad recortada empapada. Aceleré el pie, gimiendo bajito. El roce del nylon, sus pelitos picándome la suela…
Pablo abrió los ojos. Vio todo: su polla tiesa bajo mi pie, yo con piernas abiertas, mano en el coño.
—Tranquilo, cielo. Solo nos ponemos cachondos. Mira qué verga tienes, ¡una polla de infarto! ¿Te mola que te la acaricie así?
—Eeeh… sí, señora…
—Llámame puta, anda. Sí, mi puta…
Explosión de placer en la trastienda
Se atragantó, pero su polla saltó. Le quité el pie.
—Másturbate fuerte, saca esa leche.
Empezó a pajearse furioso, ojos en mi coño abierto. Eché el tanga a un lado: labios hinchados, jugos chorreando.
—Mira mi chochito, Pablo. Te lo metería entero, despacio, abriéndome. ¡Joder, qué gruesa!
Me corrí fuerte, gimiendo alto, temblando. Él al borde. Bajó pantalón y calzoncillos.
—Coge las huevos, chaval. Mira…
Mi pie calzado le masajeó las bolas peludas, orteños ágiles por el nylon. El otro descalzo en su raja. ¡Se corrió como un volcán! Chorros calientes en mi muslo desnudo, arriba de la media. Gruñó, yo me corrí otra vez apretando sus huevos.
Se desplomó jadeando. Le di mis medias y tanga pringosas.
—Toma, recuerdo. Vuelve cuando quieras, te enseño más.
Lo eché, aún atontado.
Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Sus padres hablando atrás. Me miró, ruborizado, bulto leve. Sonreí, guiño. El viejo Martínez pasó de largo, ajeno. Ese secreto quema, el riesgo de la próxima vez… uf.