Ayer por la noche, estaba sola en mi piso, con la ventana entreabierta porque hacía un calor de mil demonios. De repente, oigo música extraña saliendo del piso de al lado. Melodías lentas, como tambores africanos, que me erizan la piel. Mi vecino nuevo, un chaval de unos 20 años, moreno, atlético… lo había visto en el ascensor un par de veces. Esos ojos farouches, esa forma de mirarme como si ya me estuviera desnudando. Me pica la curiosidad. Me acerco a la puerta, la entreabro despacito. La luz amarilla filtra por las persianas mal cerradas. Y ahí está él, en slip negro, moviéndose al ritmo. Dios, qué cuerpo depilado, liso como una chica pero con esa polla marcada debajo, enorme.

Se gira, me ve. Nuestros ojos se cruzan. Yo… me quedo paralizada, con el corazón latiendo fuerte. Él no para, sonríe de lado, farouche como un potro. ‘¿Quieres pasar?’, me dice bajito, con voz ronca. Dudo, miro el pasillo vacío, oigo pasos lejanos en el edificio. El peligro me moja ya. ‘Solo un momento’, murmuro, y entro. Cierro la puerta suave, el clic resuena. El aire está cargado, huele a sudor fresco y a su colonia.

La mirada furtiva y la invitación irresistible

Se pone delante de mí, yo me siento en el sofá viejo, como si fuera un pacto. Empieza a bailar de nuevo, manos finas recorriendo su torso aceitado. Ondula la cadera, femenino pero jodidamente excitante. Sus ojos semicerrados, boca entreabierta. Yo aprieto las piernas, sintiendo mi coño palpitar. La música envuelve todo. De pronto, enciende el ventilador, ese soplo fresco me roza las piernas desnudas. Él lo siente en toda su piel rasurada, se estremece, brazos abiertos, cabeza echada atrás. ‘Es parte del juego’, susurra. Yo asiento, hipnotizada. La tensión sube, el aire fresco le pone los pezones duros, y su slip se tensa más.

Una hora así, él resistiendo, yo mirando sin tocar. Pero ya no aguanto. Me levanto, él tiembla. Mi mano roza su pecho, suave, caliente. Gime bajito. ‘Shh, que nos oigan los vecinos’, le digo, excitada por el riesgo. Él asiente, pero sus ojos suplican. Bajo su slip lento, su polla salta, gruesa, venosa, goteando ya. ‘Joder, qué pedazo de verga’, se me escapa. La agarro, aprieto la base. Nos hundimos en el suelo, alfombra áspera en mi espalda.

El baile erótico que acabó en follada brutal

Le chupo la polla despacio, lengua en el glande, bolas en la mano. Él gruñe, ‘¡Ay, tía…!’. Intento callarlo con la boca, pero sus gemidos suben, eco en el piso. Me monto encima, coño chorreando, me empalo de golpe. ‘¡Fóllame ya!’, jadeo. Él empuja arriba, duro, salvaje. Pum pum pum, carne contra carne, sudor goteando. El ventilador nos azota, fresco en mi culo al aire. Cambio, lo pongo encima. Me abre las piernas, me lame el coño, lengua profunda, chupando clítoris. ‘¡Más, cabrón!’, grito bajito. Me folla sin piedad, polla entrando hasta el fondo, mis tetas botando. Oigo la vecina del piso de arriba toser… mierda, ¿nos ha oído? Eso me corre más. Él acelera, ‘Me vengo…’, gruñe. ‘Dentro, lléname’, le ruego. Explota, leche caliente inundándome, yo me corro temblando, uñas en su espalda, mordiéndome el labio para no chillar.

Al amanecer, nos separamos sudados, él dentro aún, mi coño contrayéndose en su polla sensible. Me levanto, beso rápido. ‘Esto queda entre nosotros’. Él asiente, exhausto.

Hoy en el pasillo, cruzamos miradas. Él con la bolsa de basura, yo con el correo. Sonrisa cómplice, roce de manos ‘accidental’. Oigo su corazón latir, o quizás es el mío. El secreto quema, y ya pienso en la próxima. El ascensor nos espera.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *