Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Es mi vecina del quinto, esa morena de pelo larguísimo, negro como la noche, con curvas que te hacen salivar. La había visto mil veces en el pasillo, moviendo ese culo redondo que pide a gritos ser agarrado. Antes, en la uni, se me acercaba demasiado, rozándome el hombro en clase, su aliento en mi cuello… La rechacé, tonta de mí. Ahora vivo frente a ella en el edificio, y el arrepentimiento me come viva.

Ayer, o fue anteayer, no sé, el calor aprieta. La pillo por la ventana, en su balcón diminuto, tumbada en una hamaca con un bikini negro que apenas tapa nada. El sol filtra por las persianas, dibuja rayas en su piel dorada. Se gira, me ve mirando. Sonríe, pícara. Bajo a tirar la basura, y zas, nos cruzamos en el ascensor. Solo nosotras. El aire se carga, huele a su perfume dulce y sudor fresco. ‘Hace calor, ¿eh?’, dice, rozándome el brazo con el suyo. Sus tetas rozan mi hombro, duras ya. ‘Sí… mucho’, balbuceo, sintiendo mi coño humedecerse. Sus dedos effleurent mi mano, como antes. El ascensor para en su piso. ‘Ven, ayúdame con la crema, el sol quema’, susurra, tirando de mí hacia su balcón.

La chispa en el ascensor y el balcón compartido

Entro en su piso a hurtadillas, el corazón latiéndome en la garganta. Oigo pasos en el pasillo de abajo, alguien sube las escaleras. Peligro. Pero el morbo me gana. Se tumba boca abajo en la hamaca, desata el sujetador. ‘Empieza por las piernas’, gime bajito. Echo crema en sus muslos, mis dedos tiemblan al tocar esa piel suave, caliente. Bajo despacio, masajeo pantorrillas, talones, hasta los deditos que se retuercen. Ella suspira, mueve el culo. Mi mano sube a sus nalgas pálidas, resbaladizas. ‘Mmm, sigue…’, pide. La crema gotea, mis dedos rozan el tanga. El viento fresco del balcón me eriza la piel, la luz parpadea en las cortinas.

No aguanto más. La beso el cuello, lamo su oreja. ‘Date la vuelta’, ordeno ronca. Obedece, tetas al aire, pezones tiesos como balas. Las chupo, muerdo suave, ella arquea la espalda gimiendo. ‘¡Cuidado, nos oirán!’, susurro, pero lame mi boca silenciándome. Mis manos bajan, meto dedos bajo el bikini, su coño depilado chorrea. ‘Estás empapada, puta’, digo, frotando el clítoris hinchado. Grita ahogada, agarra mi cabeza. ‘Lámemelo, por favor…’. Me arrodillo, hundo la lengua en su raja jugosa, chupo labios mayores, clítoris palpitante. Sabe a miel salada, su olor me enloquece. Piernas temblando, me monta la cara, follando mi boca. Oigo la vecina de al lado toser, paredes finas. El riesgo me pone cachonda perdida.

El polvo intenso y el secreto ardiente del día después

La pongo a cuatro, saco mi vibrador del bolso –siempre lista–. Se lo clavo despacio, ‘¡Joder, qué grueso!’, jadea. Bombeeo fuerte, mis dedos en su culo, ella se corre gritando bajito, coño contrayéndose, squirtando en el balcón. Yo exploto detrás, restregándome contra su muslo. Sudorosas, jadeantes, nos besamos con lengua, saboreando nuestros jugos.

Al día siguiente, pasillo estrecho. Pasos lejanos. Nos cruzamos, ella con esa sonrisa secreta, pelo revuelto. ‘Buenas noches no fueron buenas, ¿eh?’, guiña. Le pellizco el culo disimulada. ‘Repetimos cuando quieras’. El ascensor llega, entramos calladas, pero el aire vibra de promesas. Ese secreto quema, y quiero más.

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