Vivo en un viejo edificio en Madrid, paredes finas como papel, balcones pegados. Soy Marta, 35 años, soltera y abierta a todo lo que vibre. Mi vecino del 4ºB, Pablo, es un tipo de unos 40, musculoso, con esa sonrisa pícara. Lo pillé una noche por casualidad. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, aire fresco de medianoche rozándome la piel. Oí ruidos… gemidos bajos, como ahogados. Miré de reojo: su silueta tras las persianas entreabiertas, luz amarilla filtrándose. Se estaba pajereando, polla en mano, movimientos rítmicos. Joder, se me mojó el coño al instante. Me quedé ahí, quieta, tocándome disimuladamente bajo la falda, imaginando esa verga dura entrando en mí.

Al día siguiente, ascensor. Entramos juntos, solos. Olor a su colonia mezclada con mi perfume. Puertas cerrándose con ese clic metálico. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. ‘Buenas noches, Marta’, dice con voz grave. ‘Pablo… eh, sí, calurosa la noche, ¿no?’. Sonrío, nerviosa, recordando su paja. Él nota algo, se acerca un paso. ‘Te vi anoche en el balcón… ¿viste algo interesante?’. Mi corazón late fuerte, bragas empapadas. ‘Quizá…’. Su mano roza mi cadera, el ascensor sube lento. Tensión eléctrica. Pulsa el botón de parada entre pisos. ‘No aguanto más’, murmura, y me besa. Boca caliente, lengua invadiendo. Manos por todas partes. La barrera cae ahí, en ese cajón metálico.

La mirada que lo cambió todo

Me gira contra la pared fría, sube mi falda. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, gruñe. Saco su polla, enorme, venosa, goteando pre-semen. La chupo rápido, saliva chorreando por mi barbilla, ruidos de succión eco en el ascensor. ‘Joder, qué boca…’. Me pone a cuatro patas, rodillas en el suelo sucio. Dedos en mi coño, dos de golpe, chapoteo húmedo. ‘¡Shh! Que nos oigan los vecinos…’, susurro jadeando. Él ríe bajito: ‘Mejor, que se enteren’. Empuja su polla de un golpe, me llena entera. Follo salvaje, cachetadas en el culo, pezones rozando metal. Gimo ahogado: ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Él acelera, huevos golpeando mi clítoris, sudor goteando. ‘Me corro… agárrate’. Siento su leche caliente llenándome, chorros potentes. Yo exploto, coño contrayéndose, piernas temblando, grito mordido en su mano.

El clímax salvaje y el secreto compartido

Paramos el ascensor, nos arreglamos rápido, ropa arrugada, olor a sexo impregnado. Salimos como si nada, él a su puerta, yo a la mía. Corazón desbocado, piernas flojas. Esa noche no dormí, reviviendo cada embestida.

Al día siguiente, pasillo. Pasos en el suelo de madera crujiendo. Nos cruzamos. ‘Buenos días, vecina’, dice guiñando ojo, voz normal pero mirada incendiaria. Sonrío cómplice: ‘Pablo… cuídate’. Manos rozan al pasar, chispa eléctrica. Ahora cada mirada en el rellano quema, secreto nuestro, prohibido y adictivo. ¿Repetimos? El ascensor espera.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *