¡Hola, chicas y chicos! Soy Laura, de Barcelona, 32 años, con un cuerpo que vuelve locos: tetas grandes, naturales, 95D, culo redondo y una depilación perfecta en el coño. Vivo en un edificio viejo con balcón a la patio interior. Siempre he sido una viciosa del morbo: me encanta que me vean, el peligro de ser pillada… uf, me moja solo de pensarlo. Hace dos semanas viví algo que aún me hace correrme recordándolo.
Todo empezó una noche calurosa. Estaba sola en casa, mi novio de viaje. Me puse un camisón transparente, sin bragas, y salí al balcón a fumar. La luz de mi salón filtraba por las persianas, dibujando sombras en mi piel. Oí pasos en el pasillo… tac, tac, tac… y luego un crujido. Miré de reojo: el vecino del quinto, Marcos, un camionero fornido, barba de tres días, estaba en su balcón fumando también. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió pícaro, como si supiera algo. Me acordé: esa tarde lo pillé mirando mi ventana mientras me duchaba, desnuda, con las cortinas mal cerradas.
La mirada indiscreta y la tensión en el edificio
Al día siguiente, en el ascensor. Entró él, oliendo a colonia fuerte y sudor. Estábamos solos, el aire cargado, el zumbido del motor. ‘Buenas tardes, Laura… ¿bien anoche en el balcón?’, murmuró, mirándome las tetas bajo la blusa ajustada. Sentí un calor subiendo por mi coño. ‘¿Viste algo interesante?’, respondí coqueta, mordiéndome el labio. Se acercó, su polla ya medio dura marcando los pantalones. ‘Vi cómo te tocabas pensando en mí…’. Mentía, pero el morbo me encendió. El ascensor paró en mi planta. Dudé… él me cogió la mano: ‘Ven a mi piso, rapidito’. La barrera cayó. Entramos en su casa, puerta apenas cerrada.
Me empujó contra la pared del pasillo, besándome salvaje, lengua dentro, mordiendo mi cuello. ‘Joder, tus tetas… siempre las miro’, gruñó mientras me arrancaba la blusa. Le desabroché los pantalones: su polla gruesa, venosa, saltó fuera, goteando precum. ‘Mámamela, puta vecina’, ordenó. Me arrodillé, el suelo frío contra mis rodillas. La chupé honda, saliva chorreando, bolas en mi mano. ‘¡Sí, así, cabrona!’, jadeó bajito, pero fuerte. Oí pasos en el pasillo… ¡mierda, los vecinos! Me asusté, pero eso me puso más: coño chorreando, tetas rebotando.
El sexo brutal y el secreto compartido
Me levantó, falda arriba, sin bragas. ‘Mira qué coño depilado, listo para follar’. Me clavó la polla de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’, gimió. Follando duro contra la pared, tetas aplastadas en su pecho peludo. ‘Cállate o nos oyen’, susurré, pero gemí cuando me pellizcó los pezones duros. Cambiamos: me puso en cuatro en el suelo, aire fresco del balcón entrando. Me azotó el culo: plaf, plaf. ‘Tuve que pajearme anoche viéndote’. Entró por detrás, polla reventándome el coño, bolas golpeando mi clítoris. ‘¡Me corro, la puta!’, avisó. Sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro. Yo exploté: ‘¡Sí, lléname, vecino de mierda!’, ahogando gritos con la mano. Sudor, olor a sexo, el corazón a mil por si alguien llamaba a la puerta.
Se limpió rápido con una camiseta. ‘Vuelve cuando quieras, guarra’. Salí temblando, piernas flojas, semen goteando por mis muslos. Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Pasos lentos… tac tac. Nuestras miradas: fuego puro. ‘Buen día, Laura’, dijo con guiño. Sonreí, apretando muslos: ‘Gracias por el… ascensor’. Él rió bajito. Nadie sabe, pero cada vez que oigo su puerta, mi coño palpita. Ahora fantaseo con más: que nos pillen, o repetir con su amigo camionero. ¿Y tú, lector? ¿Has follado con un vecino así?