Estaba sola en mi piso del tercero, con la ventana entreabierta por el calor de julio. La luz del balcón vecino se filtraba, y allí estaba él, el del cuarto, Javier. Alto, musculoso, sudando en calzoncillos. Se tocaba la polla dura, despacio, gimiendo bajito. Yo… no pude apartar la vista. Mi coño se mojó al instante. El corazón me latía fuerte, pensando en si me vería.
Al día siguiente, en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró con esa voz grave. Yo, con falda corta y blusa escotada, sentí el aire cargado. ‘Anoche… te vi’, solté de repente, roja como un tomate. Él sonrió, pícaro. ‘¿Y qué viste exactamente?’ Se acercó, su olor a hombre me invadió. El ascensor pitó, piso cuatro. ‘Sube’, dijo, tomándome la mano. Dudé… pero el frisson me ganó. La puerta se abrió en su rellano, entramos temblando.
La Mirada que Enciende el Ascensor
Cerró la puerta con llave. ‘Quítate todo’, ordenó, ojos fijos en mis tetas. Me arranqué la ropa, quedé en tanga. Él se sacó la polla, enorme, venosa. ‘Chúpala’, gruñó. Me arrodillé, la lamí desde la base, salada de sudor. La tragué hasta la garganta, ahogándome un poco. Él gemía, ‘Joder, qué boca’. Me levantó, me tiró en el sofá. ‘Abre las piernas, guarra’. Su lengua en mi coño, chupando el clítoris hinchado. Grité bajito, pensando en los vecinos. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, metiendo dos dedos, follándome rápido. Mi jugo chorreaba por el cojín.
Follada Salvaje y el Silencio Cargado
Me puso a cuatro patas. ‘Ahora te follo como a una perra’. Escupió en mi culo, metió un dedo, luego dos. ‘Relájate’. Su polla presionó mi ano, entró despacio, quemando. ‘¡Ay, joder!’, ahogué el grito en la almohada. Me taladraba el culo, bolas golpeando mi coño. Sudábamos, el sofá crujía. ‘Más fuerte’, supliqué, perdida. Cambió al coño, embistiéndome salvaje. Mis tetas rebotaban, pinzas improvisadas con ropa. Me pellizcaba los pezones, tirando. Orgasmeó dentro, semen caliente llenándome. Yo exploté, squirteando el suelo, mordiendo para no chillar. Los vecinos de arriba… ¿habrían oído los golpes?
Me limpió con la lengua, suave ahora. ‘Vuelve cuando quieras’, dijo, besándome. Bajé en el ascensor, piernas temblando, coño adolorido y lleno. Al día siguiente, en el pasillo. Él con bolsas de compra, yo saliendo. Nuestras miradas… puro fuego. ‘Buen día’, sonrió cómplice. Pasé rozándole, sintiendo su calor. ‘Sí… buen día’, respondí, guiñando. El secreto quema, cada crujido en el edificio me excita. ¿Repetimos pronto? El riesgo… es lo mejor.