Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó ayer con Pablo, el vecino del 4ºB. Vivo en este edificio viejo de Madrid, paredes finas como papel, se oye todo: gemidos, discusiones, hasta el vecino del bajo ronca como un tractor. Pablo y su mujer Marta son como familia, nos conocemos desde que nos mudamos. Marta es mi amiga de toda la vida, del pueblo, pero yo… yo soy la bajita acomplejada, la que mide 1,48, con barriguita de tanto dulce y tetas que me cuelgan un poco. Siempre me escondo en pantalones anchos, pero por dentro soy una puta en celo, me encanta el riesgo, que me pillen mirando o follando cerca del peligro.
Ayer Marta vino a mi piso, pero tuvo que salir corriendo al médico por un dolorcillo. ‘Cuida de Pablo si pasa, que está de baja’, me dijo. Yo, nerviosa, subí al suyo con una excusa tonta. El ascensor crujió, luz parpadeante, olía a su colonia fuerte. Entramos juntos, solos, el aire cargado. Sus ojos me comían las tetas, yo notaba mi coño húmedo ya. ‘¿Todo bien, Sofía?’, murmuró, voz ronca. ‘Sí… eh… Marta me mandó’. Silencio pesado, solo el zumbido del ascensor. Bajó en su piso, me invitó a café. Entré, corazón latiendo fuerte.
La tensión que explota en el ascensor y la cocina
En la cocina, luz cruda, bol de chocolate caliente que le preparé porque sé que le flipa. Removía la cuchara despacio, tac-tac contra la cerámica. ‘Pablo… ¿has engañado a Marta?’, solté de golpe, roja como un tomate. Se atragantó con el croissant. ‘¡Qué dices!’. Pero yo sabía, le había visto mensajes en su móvil una vez, por la ventana entreabierta. ‘No mientas… se vive una vez. Yo… te quiero, Pablo. Siempre te he deseado’. Bajé la vista, temblando. Él se quedó mudo, pero sus ojos brillaban. Se acercó, me tomó la mano. ‘Sofía…’. Nos miramos, el aire eléctrico. Barriera caída.
De repente, sus labios en los míos, beso salvaje, lengua dentro, saboreando chocolate. ‘Joder, Sofía, eres tan…’. Me levantó sobre la encimera, pantalón abajo de un tirón. Mi coño chorreaba, peludo y gordo como me gusta. ‘Fóllame, por favor’, gemí. Sacó la polla dura, gruesa, venosa, 18 cm fáciles. Me la metió de un empellón, ‘¡Ahhh!’, grité, dolor-placer. Bombeaba fuerte, plaf-plaf contra mi culo, tetas rebotando. ‘Cállate, coño, que Marta puede volver’, susurró, tapándome la boca. Pero yo gemía bajito, ‘Más… rómpeme el coño’. Sudor goteando, olía a sexo, cocina llena de vapor. Me giró, a cuatro patas sobre la mesa, me abrió el culo. ‘Qué coño más apretado, puta vecina’. Me la clavó hasta el fondo, huevos golpeando mi clítoris. ‘¡Me corro!’, aullé suave, chorros calientes bajando piernas. Él gruñó, ‘Toma leche’, y me llenó, semen espeso chorreando.
Follada salvaje con el riesgo de ser descubiertos
No paramos. Segunda ronda en el suelo, yo cabalgándolo, polla en mi culo ahora, anal virgen pero lo pedí. ‘¡Duele… sí, joder!’. Gemí con cada centímetro, paredes finas, oí pasos en el pasillo. Miedo puro, pero corrí otra vez, coño palpitando. Él me mordió el cuello, ‘Eres mía, vecina guarra’. Tercera, contra la ventana, polla entre tetas, me corrió en la boca, tragué todo, salado y caliente.
Al final, jadeantes, nos vestimos rápido. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo, beso fugaz. Salí, piernas temblando. Hoy, en el pasillo, cruzamos miradas. Marta charlando conmigo, él pasando con bolsas. Sonrisa cómplice, mi coño aún duele, secreto quemando. Oí su paso alejándose, corazón acelerado. Quiero más, el riesgo me mata… y me hace vivir.