Ayer por la noche, volviendo tarde del curro, oí pasos en el pasillo. Ese vecino del 4ºB, siempre tan pijo con su traje y corbata. Me asomé por la mirilla, joder, qué hombre. Hombros anchos, manos grandes pasando por su pelo revuelto. Olía a colonia cara flotando en el aire. Me puse a mil solo imaginándolo desnudo, esa polla dura bajo el pantalón.

Subí al ascensor, él entró justo detrás. Puertas cerrándose con ese clic metálico. Silencio pesado, calor pegajoso de verano. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sus ojos verdes brillaban. ‘Buenas noches’, murmuró con voz grave. ‘Sí… noches’, respondí, voz temblorosa. Me mordí el labio, sintiendo mis pezones endureciéndose contra la blusa fina.

La mirada que enciende todo

El ascensor dio un tirón. Luces parpadeando, se paró entre pisos. ‘Mierda’, dijo él, pulsando botones. Nada. Oscuridad solo rota por la luz de emergencia. Mi corazón latía fuerte, eco en el hueco. Él se acercó, su aliento cálido en mi nuca. ‘¿Estás bien?’, preguntó, mano rozando mi hombro. Un escalofrío me recorrió. Mi coño ya chorreaba, el tanga empapado pegado a los labios.

No aguanté más. Me giré, presionando mi cuerpo contra el suyo. ‘Joder, me pones cachonda con esa corbata’, susurré. Sus manos bajaron a mis tetas, apretando fuerte. ‘¿En serio?’, rió bajito, desatando el nudo. Yo bajé la cremallera de su pantalón, sacando esa polla gorda, venosa, palpitando. ‘Dios, qué polla más grande’, gemí, acariciándola con la mano.

Me arrodillé en el suelo sucio del ascensor, lengua lamiendo el glande salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. ‘Chúpamela, puta’, ordenó ronco. La tragué hasta la garganta, saliva chorreando. Sus caderas empujaban, follándome la boca. Miedo a que alguien oyera, vecinos arriba… pero eso me excitaba más. Me levantó, rompió mi blusa, chupando mis tetas duras. ‘Qué tetas tan ricas’, jadeó.

El descontrol total

Me giró contra la pared, subiendo mi falda. Tanguita a un lado, metió dos dedos en mi coño empapado. ‘Estás calada, zorra’. ‘Fóllame ya’, supliqué, arqueando la espalda. Su polla entró de un golpe, dura como hierro, rellenándome entera. Golpes secos, piel contra piel, eco en el ascensor. ‘¡Ah! Más fuerte’, grité bajito, mordiéndome el labio. Él me tapó la boca, follándome salvaje, huevos golpeando mi culo.

Desató la corbata de seda verde, la enrolló en su polla y me la metió frotando mi clítoris hinchado. ‘Siente esto’, dijo. Deslizaba suave, resbaladiza de mis jugos. Me corrí explotando, chorros calientes bajando por mis muslos. ‘Me corro… joder’, ahogué un grito. Él sacó, eyaculando chorros espesos en mis tetas, goteando. ‘Toma mi leche’, gruñó, temblando.

Nos vestimos a prisa, sudorosos, oliendo a sexo. El ascensor arrancó de golpe, puertas abriéndose en su piso. Bajó primero, guiño cómplice. ‘Hasta mañana’, susurró.

Hoy en el pasillo, cruzándonos. Él con traje impecable, corbata nueva. Nuestras miradas se clavaron, sonrisas pícaras. Oí su risa lejana, mi coño palpitó de nuevo. Ese secreto quema, y quiero más.

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