Hace unas semanas, una tarde calurosa de mayo, miré por la ventana entreabierta de mi balcón. Ahí estaba Nicolás, el estudiante nuevo del quinto piso, vecino de al lado. Se tocaba la polla en su terraza, dura como piedra, gimiendo bajito. Ese chico tímido, de unos 20 años, tenía una verga impresionante, venosa y larga. Me mojé al instante, imaginando su sabor. El aire fresco del atardecer rozaba mi piel, y oí sus jadeos filtrándose por las persianas.
Al día siguiente, en el ascensor, coincidí con él y con Jean, mi vecino del primero, un madurito de 63 elegante, peinado gris, siempre bronceado y con ese rollo de viejo verde. Jean y yo nos conocemos de años, hemos follado alguna vez, él me enseñó trucos sucios. El ascensor era estrecho, olía a su colonia y al sudor fresco de Nicolás. Nuestras manos se rozaron accidentalmente. ‘Qué calor, ¿eh?’, dije rompiendo el hielo. Nicolás se sonrojó, bajando la vista a mi escote. Jean sonrió pillo, su mano ‘por error’ en mi culo. ‘Sí, hace falta refrescarse’, murmuró él, y su mirada en la polla abultada de Nicolás lo delató. Sentí la tensión, el pitido del ascensor como un latido. Paramos en el primero. ‘Subid, tomamos algo’, invitó Jean. Nicolás dudó… ‘Vale’, susurró.
La mirada por la ventana y la chispa en el ascensor
Entramos en su piso, luz tamizada por las cortinas, whisky en mano. Nos sentamos en el sofá, Nicolás entre nosotros. Jean le puso la mano en el muslo. ‘Cuéntame de tus estudios, chaval’. Yo añadí: ‘Jean es un lobo, pero sabe follar’. Nicolás tragó saliva, su polla ya tiesa bajo los pantalones. Jean le desabrochó la braguette, sacó esa verga enorme. ‘Joder, qué pedazo de polla’. Yo me arrodillé, la lamí, salada y caliente. Nicolás gimió, ‘Oh… sí…’. Jean se quitó el albornoz, su polla corta pero gorda, circuncidada, apuntando al techo. ‘Chúpamela, puta’, le ordenó a Nicolás. El chico obedeció, lengua juguetona en el glande. Yo los miraba, metiéndome dedos en el coño, el corazón acelerado por si oían los vecinos de al lado.
Jean nos llevó a la habitación, cama king size, paredes finas como papel. Se puso a cuatro patas, culo lubricado. ‘Fóllame, Nicolás, métemela toda’. Yo guié la polla del chico, empujando sus caderas. Entró despacio, Jean gruñó: ‘¡Aaaah, joder, qué verga de semental!’. Nicolás empezó a bombear, salvaje, culazos profundos. ‘¡Sí, rómpeme el culo, cabrón!’. Yo lamía las bolas de Jean, mordisque sus tetas peludas. Sudor goteaba, camas crujía fuerte, gemidos ecoaban. ‘Cállate un poco, nos oyen’, susurré excitada. Nicolás se corrió dentro, espasmos brutales, ‘¡Me vengo!’. Jean aún duro, me tiró al suelo: ‘Ahora tú, zorra, chúpame’. Le mamé la polla sucia de lubricante y semen, Nicolás me metió dedos. Luego Jean me folló el coño mientras Nicolás me comía el culo. ‘¡Fóllame más fuerte!’, grité bajito. Él se corrió en mi boca, leche espesa, tragándomela toda. Nicolás eyaculó otra vez viéndonos, chorros en mi teta.
El polvo brutal en el piso con paredes finas
Al final, exhaustos, cuerpos pegajosos. ‘Gracias por el regalito’, dijo Jean besándome. Nos vestimos en silencio, oídos atentos a pasos en el pasillo.
Al día siguiente, en el corredor, crucé con Nicolás. Nuestras miradas se clavaron, sonrisas culpables. ‘Buen día’, murmuró él, rozándome la mano. Jean bajó entonces, guiño cómplice. El secreto quema, y ya planeamos más. El edificio nunca fue tan excitante.