Fue hace unos días, aquí en mi edificio en Agadir. Yo estaba en el balcón, con el aire fresco de la noche rozándome la piel, fumando un cigarro. La luz de la luna filtraba por las persianas del vecino del quinto, Marcos. Lo vi por casualidad, moviéndose en su salón. Sudado, en pantalón corto ajustado, los músculos tensos. Su paquete se marcaba clarito, y joder, se me mojó el coño al instante. Me quedé mirando, el corazón latiéndome fuerte. Él giró la cabeza, nos cruzamos las miradas. Sonrió, pícaro. Apagué el cigarro rápido, pero ya estaba encendida.
Al día siguiente, bajando al supermercado, el ascensor pitó. Entró él, con su olor a colonia fresca y gym. El espacio chico, nuestros cuerpos cerca. Sentí su aliento en mi cuello. ‘Buenas tardes, vecina’, murmuró, voz ronca. Yo, con mi falda ligera, noté su mano rozarme el culo ‘por accidente’. El ascensor paró entre pisos, luz titilando. ‘¿Qué coño?’, dije riendo nerviosa. Él se acercó más, su polla ya dura contra mi muslo. ‘Te vi anoche, mirándome’. Mi coño palpitaba, el peligro de que alguien pulsara el botón me ponía a mil. Lo besé, salvaje, lenguas enredadas. Sus manos subieron mi falda, dedos en mi tanga empapada. ‘Estás chorreando’, gruñó. Le bajé el pantalón, saqué su polla gruesa, venosa. La apreté, masturbándola lento mientras el ascensor zumbaba.
La tensión que estalló en el ascensor
No aguantamos. Pulsó el botón de su piso. Salimos corriendo al pasillo, pasos ecoando, risas ahogadas. Entramos en su piso, puerta slam. Me estampó contra la pared, falda arriba, tanga rota de un tirón. ‘Fóllame ya’, jadeé. Me penetró de golpe, su polla abriéndome el coño como un puño. Gemí fuerte, uñas en su espalda. El sofá crujía bajo nosotros, él embistiéndome brutal, bolas golpeando mi culo. ‘Cállate, que nos oyen los vecinos’, susurró, pero me follaba más duro, mordiéndome el cuello. Volteé, a cuatro patas, él desde atrás, polla hundiéndose hasta el fondo. Mi clítoris hinchado, frotándolo contra sus dedos. ‘Me vengo, joder’, grité bajito, temiendo los tabiques finos. Él aceleró, ‘Toma mi leche’, y se corrió dentro, caliente, llenándome. Sudor por todos lados, olores a sexo crudo, respiraciones entrecortadas. Nos corrimos dos veces más, él chupándome el coño hasta que squirteé en su boca, yo mamándole la polla hasta tragarme todo.
El regreso con el secreto ardiendo
Al final, exhaustos en su cama, piel pegajosa. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo él, acariciándome el pelo. Me vestí temblando, piernas flojas. Salí al pasillo a las tantas, luz tenue, silencio roto solo por mi pulso.
Al día siguiente, cruzándonos en el pasillo. Él con bolsas de la compra, yo bajando la basura. Nuestras miradas chocaron, esa sonrisa cómplice, secreta. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó inocente, pero su mano rozó la mía, recordándome su polla dentro. Asentí, coño apretándose de nuevo. ‘Perfecto’. Los vecinos pasando, ajenos. Ese fuego prohibido, el riesgo de ser descubiertos… me muero por más.