Ayer por la noche, no podía dormir. El calor era asfixiante, así que abrí la ventana del salón. La luz de la luna filtraba por las persianas del vecino del quinto, Javier. Ese tío buenorro que siempre saluda con una sonrisa pícara. Lo vi ahí, en su sofá, con los pantalones bajados. Su mano subía y bajaba sobre esa polla gruesa, venosa. Joder, medía fácil 20 cm, tiesa como una barra. Se la meneaba despacio, gimiendo bajito. El sonido llegaba amortiguado, pero suficiente para mojarme las bragas. Me quedé mirando, con la mano en mi coño, frotándome el clítoris. Pensé en lo cerca que estamos, solo una pared nos separa.
Al día siguiente, coincidimos en el ascensor. Bajaba con bolsas de la compra, él entraba oliendo a colonia fresca. ‘Hola, Ana’, dijo con voz ronca. Nuestras miradas se cruzaron, recordando lo de anoche. El ascensor arrancó con un zumbido. Silencio pesado. Su brazo rozó el mío, eléctrico. ‘Hace calor, ¿eh?’, murmuró, acercándose. Sentí su aliento en mi cuello. Mi corazón latía fuerte, el miedo a que parara alguien en cualquier piso me ponía a mil. ‘Sí… mucho’, respondí, mordiéndome el labio. Su mano bajó a mi culo, apretando suave. No me aparté. Al contrario, me giré y le besé, lengua dentro, salvaje.
La Mirada Voyeur que Enciende Todo
La barrera cayó en segundos. Pulsé el botón de stop entre el 3º y 2º. El ascensor se detuvo con un chirrido. ‘Joder, Javier, te vi anoche… masturbándote’, confesé jadeando. Él sonrió, malicioso. ‘¿Y qué? Tú también estabas cachonda, vecina’. Me levantó la falda, rasgando mis braguitas. Sus dedos entraron en mi coño empapado, chapoteando. ‘Estás chorreando’, gruñó. Me arrodillé, saqué su polla enorme. Olía a macho, pre-semen en el glande. La chupé profunda, garganta hasta las huevos. Él gemía, agarrándome el pelo. ‘Cuidado, nos oyen’, susurré, pero seguí mamándola, saliva goteando.
El Placer Prohibido y el Secreto Caliente
Me puso contra la pared, culito al aire. El aire fresco del ascensor erizaba mi piel. Me metió la polla de un empujón, partiéndome el coño. ‘¡Ay, coño, qué gruesa!’, grité bajito. Follando duro, pellizcándome los pezones. El ascensor temblaba con cada embestida. Oí pasos en el pasillo de arriba, el corazón en la garganta. ‘Shh, calla o nos pillan’, dijo él, tapándome la boca. Eso me excitó más, corrí como una puta, contrayendo el coño alrededor de su verga. Me giró, me penetró el culo sin piedad. Lubricado con mis jugos, entró entero. ‘Tu ojete es mío ahora’, jadeó. Me follaba anal brutal, bolas golpeando mi clítoris. Grité su nombre, orgasmeo temblando, él eyaculó dentro, semen caliente llenándome el recto.
Reiniciamos el ascensor, sudados, oliendo a sexo. Bajamos en silencio, sonrisas cómplices. ‘Hasta mañana, Ana’, dijo saliendo, guiñando. Hoy, cruzándonos en el pasillo, su mano rozó mi culo disimuladamente. ‘¿Duele todavía?’, preguntó bajito. Asentí, sonrojada. El portero pasó cerca, ajeno al secreto. Mi coño palpita recordándolo. Si sus padres o la mujer del 4º supieran… El peligro me enciende. Esta noche, dejaré la ventana abierta otra vez.