Ayer por la tarde, bajaba las escaleras despacio, con mi falda ajustada que se me sube un poco al andar. Oí pasos atrás, pesados, nerviosos. Era él, el chico del piso de al lado. Joven, con granitos en la cara, siempre evitándome la mirada en el rellano. Pero ayer… ayer me miró fijo, sudando. Nuestros ojos se cruzaron en el ascensor. El aire estaba cargado, olía a su colonia barata mezclada con mi perfume dulce.
—¿Subes? —le dije, con voz baja, juguetona. Él tragó saliva.
La tensión sube en el ascensor compartido
—Eh… sí, claro. ¿Cuánto… espera, qué? —balbuceó, rojo como un tomate.
Sonreí, apoyándome en la pared. Mi blusa se abrió un poco, dejando ver el encaje negro del sujetador. Sentí su mirada bajando por mi escote, hasta mis muslos. El ascensor pitó al llegar al quinto. Mis piernas rozaron las suyas al salir. El pasillo estaba vacío, solo el eco de nuestros pasos. Lo miré por encima del hombro.
—Ven a mi piso, anda. No muerdo… mucho.
Dudó, pero entró. Cerré la puerta con llave. El corazón me latía fuerte. Sabía que los vecinos oían todo, paredes finas como papel.
Le pedí el dinero primero, 50 euros el cuarto. No soy puta, pero a veces… el morbo de lo prohibido, tan cerca de casa. Se lo metí en el sujetador rápido. Él se quedó pasmado, polla ya medio dura bajo los pantalones.
—Quítate la ropa, chaval. Vamos a pasarlo bien.
Me desnudé delante de él, lenta. Mis tetas pesadas cayeron libres, pezones duros. Él se tropezó quitándose los calcetines. Lo llevé al baño, le cogí la polla floja aún, la enjaboné bajo el grifo. Se le puso tiesa al instante, gimiendo bajito. Mis manos suaves, el agua caliente… sus dedos torpes bajaron a mi culo, apretando.
—Joder, qué suave… —murmuró.
Lo tiré en la cama, besé su cuello, no la boca, eso no. Le dejé pesar mi teta en su pecho. Él la agarró, pellizcó el pezón fuerte. Grimacé.
El sexo brutal y el secreto ardiente del pasillo
—Suave, coño… así, despacio.
Aprendió rápido. Chupó mi pezón, lengua torpe pero ansiosa. Bajó la mano a mi coño, pelos rizados mojados ya. Metió dedos, explorando mis labios gordos, el clítoris hinchado. Suspiré de verdad, no fingido. Me corrí rápido, guiándole la mano, polla suya en mi puño.
—Ah… sí, joder, no pares…
Olas me subieron el vientre, clítoris palpitando, jugos chorreando. Él flipaba, yo gemía alto, pensando en los vecinos oyéndonos. Miedo y placer mezclado.
Le chupé la polla, saliva goteando, bolas en mi boca. Lengua en el capullo, dedo en su culo apretado. Se corrió de golpe, leche caliente en mi garganta. Tosí, escupí en el lavabo.
—¿Cuánto rato llevabas sin correrte, cabrón?
Se disculpó, tímido. Pero su polla se endureció otra vez con mi boca. Sesenta y nueve: su lengua en mi coño, lamiendo hasta el ano, círculos húmedos. Yo tragando su verga entera. Me corrí dos veces más, gritando, fosas nasales ardiendo, culo abierto a su dedo.
Me subí encima, condón puesto a escondidas. Cabalgué fuerte, tetas botando, coño tragando su polla gruesa. Él gemía, manos en mi culo, separando nalgas. Oí crujir el suelo del pasillo… ¿alguien? Aceleré, taxímetro en mi cabeza. Él explotó dentro, yo también, vientre contraído, chorros mojando las sábanas.
Después, lo eché rápido. Se vistió temblando, yo en bata rosa, coño aún palpitando.
Al día siguiente, en el pasillo, luz filtrando por las persianas. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrisa cómplice, él rojo, yo guiñando. “¿Otra vez?”, susurró. El secreto quema, el morbo sigue vivo. Pasos en el corredor, puertas cerrándose… quién sabe qué oyen.