Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en un edificio viejo, de esos con paredes finas como papel. La otra noche, el calor era insoportable, abrí la ventana al balcón. Oí gemidos… del vecino del quinto, Marcos. Ese moreno alto, con cuerpo de gimnasio que siempre me guiña el ojo en el rellano. Me acerqué a la persiana entreabierta, la luz de su salón filtraba en rayas amarillas. Allí estaba, con su novia, ella de rodillas chupándosela como loca. ‘¡Sí, trágatela toda, puta!’, le gruñía él. Mi coño se mojó al instante. Me toqué disimuladamente, el aire fresco del balcón me erizaba la piel.
Al día siguiente, en el ascensor. Solos él y yo. ‘Buenas tardes, ¿eh?’, dijo con esa voz ronca, mirándome las tetas bajo la blusa fina. Sentí su mirada quemándome. ‘Hace calor, ¿no?’, balbuceé, el corazón latiéndome fuerte. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Te vi anoche… mirando’. Me quedé helada. ‘¿Qué…? No…’. Pero él sonrió, su mano rozó mi culo. ‘Me pone cachondo saber que espías’. La puerta del ascensor pitó, paramos en su planta. ‘Ven’, me susurró, tirando de mí al pasillo oscuro. La barriera cayó. Nos besamos como animales, lenguas enredadas, sus manos arrancándome la falda.
La mirada que lo cambió todo
Me empujó contra la pared del pasillo, cerca de su puerta. ‘Shh, no hagas ruido, los vecinos…’, jadeé. Pero él ya tenía la polla fuera, dura como piedra, gorda, venosa. ‘Mira lo que me haces’, gruñó, frotándola contra mi tanga empapada. La bajé, abrí las piernas. Me penetró de un golpe, ‘¡Joder, qué coño tan apretado!’. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Sus embestidas eran brutales, plaf plaf contra mi culo, el olor a sexo llenando el aire. ‘¡Fóllame más fuerte!’, le supliqué, olvidando el peligro. Oí pasos lejanos en el pasillo… el ascensor zumbando. El miedo me excitó más, mi clítoris palpitaba. Él me tapó la boca, ‘Cállate, guarra, o nos pillan’. Me corrí temblando, chorros calientes bajando por mis muslos. Él siguió machacándome, ‘Me voy a correr dentro…’. Sí, lo hizo, llenándome de leche caliente, goteando al suelo.
Se apartó jadeando, nos subimos la ropa a prisa. ‘Mañana más’, me dijo con guiño. Bajé a mi piso, piernas flojas, el coño ardiendo. Al día siguiente, en el pasillo… nos cruzamos. Él con su novia, yo con la compra. Nuestras miradas se clavaron, un secreto ardiente. Ella ni idea. Sonreí, él se lamió los labios disimuladamente. ‘Buen día’, dijo él. ‘Sí… buen día’, respondí, sintiendo su semen seco aún en mí. El ascensor nos espera para la próxima. ¿Quién sabe qué pasará si alguien nos oye…